Por: Rebeca Avila

Los cuadros en movimiento de David Lynch

La vida de David Lynch durante su infancia no pudo ser más alejada de lo que las oscuras historias de su obra fílmica (y pictórica) muestran. Criado en los suburbios estadounidenses, en el seno de una familia religiosa, nunca conflictiva, amables y empáticos, con algo de nómadas, por las mudanzas que Lynch recuerda. La creatividad siempre ha sido parte de él, una curiosidad incesante por experimentar, de ver ¿qué sucede si…?, de volcar lo que hay dentro de la mente hacía el exterior, de hacer ópticos los horrores del inconsciente, las pesadillas, de trastocar lo surreal con lo real.

Sus trabajos audiovisuales, muchas veces indescifrables, como la ya legendaria serie Twin Peaks, tienen su raíz en una joven y perdurable etapa de Lynch como pintor. Antes de convertirse en uno de los cineastas escenciales contemporáneos, el nacido el 20 de enero del 46 en Montana, Estados Unidos, estuvo inmerso en el mundo pictórico (aún lo hace) desde el primer momento que tuvo acercamiento con un estudio de pintura; su deseo de pintar era genuino aún sin base alguna para iniciarse en ello, pero tenía mucho que plasmar en esos lienzos, esas jugarretas de su subconsciente que desde hace años peleaban por salir.

Rebelde con causa (la suya), David Lynch tuvo problemas para adaptarse a los modelos escolarizados en los que antes que la creatividad estaban los procesos, las técnicas y las formas. Pero tarde o temprano aceptó que debía tener una guía por más espíritu libre que se pensara. El salto hacia el mundo fílmico llegó casi como un accidente, como todos aquellos experimentos que suele hacer, y tuvo la necesidad de hacer cuadros en movimiento. A propósito de su cumpleaños número 76, en este Top #CineSinCortes, enlistamos cinco títulos imperdibles de David Lynch, que demuestran que sigue siendo ese extraño buen chico incomprendido que alguna vez sólo deseo externar sus pesadillas


Cabeza borradora
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En el documental David Lynch. The art of life (2016), el cineasta recuerda cómo, de una de sus perturbaciones oníricas en una de sus composiciones pictóricas en proceso escuchó salir un ruido del viento, mientras lo que parecían ser hojas de un árbol adquirían movimiento. Entonces pensó “un cuadro en movimiento y con sonido”. La idea no abandonó su mente y en 1968, luego de un “fallido” experimento -para él, lo que llamamos errores son oportunidades de encontrar diversos resultados y abrirse a esas posibilidades y lo que pueden ofrecer- concretó su primer ensayo fílmico, el cortometraje The Alphabet (1968). De ahí se consiguió una beca en el American Film Institute de Los Ángeles y tras dejar aquella Filadelfia donde parecía no suceder nada, se instaló en aquel conglomerado que daría a luz su primer largometraje independiente: Eraserhead (1977) una historia personal acerca de sus demonios. Considerada ya una cinta de culto con tantas abstracciones como espectadores ha tenido, y con uno de los diseños de sonido más tétricos en la historia del cine, la historia planteada en un escenario industrial lleno de desolación, va acerca de un hombre que siendo muy joven se convierte en padre de una criatura extraña y desemboca en manifestaciones surreales.



El hombre elefante
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El segundo filme de Lynch no es propiamente una historia personal y onírica como lo fueron otros trabajos. El guion de El hombre elefante (1980) llegó a sus manos en un momento de crisis financiera, pues su única película hasta el momento no había sido comprendida del todo y nadie aceptaba aún producir sus extrañas historias. Sin embargo, El hombre elefante lo atrapó por completo y pese a que la producción no estaba segura de darle la oportunidad a un director poco conocido, la dirección del filme no pudo ser de otra manera. En el fondo, era también una de las historias que a Lynch le gustaba contar: ¿qué hay debajo de lo que asusta?, ¿del horror y la fealdad?, ¿de lo distinto e incomprendido? Basada en la historia verídica de un hombre con una deformidad congénita que vivió en la Inglaterra victoriana, la aportación de Lynch a la cinta, con esas inquietantes imágenes llenas de tensión, hizo contrapeso con la aparente trama sensiblera de aquel fenómeno de circo que todo el mundo repudia, maltrata y tacha de retrasado mental, pero que en el fondo es un ser lleno de una sensibilidad única, inteligente en su forma y una caja llena de sorpresas. Pese a tropiezos en la producción, enfrentamientos entre actor y director, y la poca fe en la promesa que significaba Lynch, El hombre elefante obtuvo ocho nominaciones a los premios Oscar.



Terciopelo azul
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Después de la atropellada y desastrosa Dune (1984), no por culpa de Lynch, vino Terciopelo azul (1986). Aunque las pinturas mismas suelen ser más apreciadas cuando se apegan a la estética de lo que se considera bello, las cuestiones más interesantes suelen estar en aquello que no reluce en la superficie. Así comienza la cinta protagonizada por un trío de versiones jóvenes de Kyle MacLachlan, Laura Dern e Isabella Rossellini: un soleado día en la “América” perfecta e impoluta, con personas felices andando por la calle o regando el pasto. Debajo de ese jardín verde, existe un submundo donde el caos y la oscuridad lo dominan todo, y este filme es una invitación sórdida a sumergirse en la podredumbre para poder ver más allá de lo preferiblemente agradable. Jeffrey, un joven universitario, encuentra una oreja humana en medio de un camino rural. Su curiosidad lo lleva a iniciar una investigación no oficial sobre a quién pertenece esa oreja y porqué y quién le fue cercenada. Ayudado por Sandy, la hija de un detective de la policía, llega a Dorothy, la cantante de un club nocturno. La historia vuelve a mostrar que siempre hay dos caras: Sandy es lo puro, limpio y virginal; Dorothy es el salvajismo, la sexualidad y la aberración. Y Jeffrey es ese sujeto que aparenta estar feliz del lado bueno del camino, mientras de su subconsciente emanan toda clase de deseos prohibidos.


Corazón salvaje
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Una sórdida historia de amor, eso podría ser Corazón salvaje (1990). El filme más violento de Lynch de principio a fin deja boquiabiertas a las sangrientas películas de Tarantino. Las primeras secuencias que muestran una tortura física dan paso a una road movie basada un poco en la novela Sailor & Lula de Barry Gifford. Aquí, Sailor es Nicolas Cage, un convicto que viola su libertad condicional, y Lula es Laura Dern, una joven despampanante que busca escapar del horror que significa vivir con su perturbada madre. Ambos huyen por carretera, recorriendo de Luisiana a Texas y a ellos se unen otros personajes, todos ellos representando la pura decadencia y corrupción humana.
Como su predecesora Terciopelo azul, la violencia converge en todo momento con la sexualidad y el deseo, como una especie de amalgama irrompible hasta desembocar en la locura. En Estados Unidos el filme no resultó como esperaban, debido a su naturaleza salvaje, pero del otro lado del Atlántico, en Francia, Lynch se alzó nada menos que con la Palma de Oro.



Mulholland Drive
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Con Sueños, misterios y secretos (2001), Lynch ganó otra vez en Cannes, ahora como mejor director. La titánica y alucinante tarea de comprender el sinsentido es la guía de esta cinta en la que se sigue el viaje (física y metafóricamente) hacia Hollywood. Betty sueña con convertirse en actriz y en su arribo a Los Ángeles conoce a Rita, una mujer con amnesia de la que se enamora perdidamente. Rita le corresponde y pronto comienza a dedicarse con éxito a lo que tanto desea. Pero una noche todo se vuelve el mundo al revés, Betty no es Betty, sino Diane Selwyn, una actriz fracasada, y Rita no es Rita, sino Camilla Rhodes quien la dejó por un afamado director. ¿Cuál es la realidad?, ¿existe sólo una?, ¿es alguna de estas historias un producto onírico? Las múltiples y libres interpretaciones, como en toda la obra de Lynch, son siempre un ejercicio intencional del director, pero lo cierto es que Mulholland Drive pone de manifiesto cómo lo sueños (anhelos) pueden volcarse en pesadillas de lo más vívidas.