Algunas ediciones atrás nos preguntamos a qué sonaba México y la respuesta fue un mosaico multicolor que mezclaba rap, jazz, ópera y reggae para dar vida a las 68 lenguas originarias que aún laten en nuestro país. Habitar en medio de dos o más culturas es, al mismo tiempo, riqueza y lucha constante. Por un lado, significa la capacidad de nombrar el mundo a través de una mirada panorámica, con distintas maneras de entender la comunidad, la memoria y el futuro. Pero también implica atravesar fronteras invisibles todos los días: traducir gestos, explicar tradiciones, justificar identidades que para otros parecen contradictorias.
Vivir entre culturas no es sólo una experiencia geográfica, pues se manifiesta en la forma en que se genera la conexión con el mundo; desde el idioma que se habla en casa y el que se usa en la escuela o en el trabajo, en los rituales familiares que conviven con la vida urbana, en la manera en que una persona aprende a negociar quién es frente a distintas miradas. En ese espacio intermedio —a veces fértil, a veces incómodo— se construyen identidades complejas que rara vez caben en una sola etiqueta.
Esa posición liminal puede ser desafiante: muchas veces implica cargar con prejuicios, con la presión de elegir un lado o con la sensación de no pertenecer del todo a ninguno. Sin embargo, también es desde ese cruce de caminos donde surgen nuevas formas de creación, de pensamiento y de resistencia. Vivir entre dos o más culturas obliga a inventar puentes, y en ese gesto se abre la posibilidad de imaginar mundos más amplios.
En la música latinoamericana contemporánea hay una corriente que crece con fuerza: la de artistas que cantan en lenguas originarias no sólo como un gesto de preservación cultural, sino como una declaración estética y política. Sus canciones abren un espacio donde tradición, memoria y experimentación conviven, y donde las lenguas indígenas dejan de ser relegadas al pasado para habitar plenamente el presente. Entre esas voces, en este Pantalla Sonora hemos destacado cinco creadoras que han hecho de la música un territorio de resistencia y de belleza.
Esta figura irrumpió en la escena musical siendo muy joven, cuando un video suyo reinterpretando un éxito pop en quechua se volvió viral. Desde entonces ha construido una propuesta que combina rap, pop y sonidos andinos. En su trabajo, el quechua no aparece como un elemento folclórico, sino como el idioma natural desde el cual hablar del presente: la identidad indígena en las ciudades, el orgullo cultural y las tensiones de crecer entre múltiples mundos.
Afroindígena, con raíces Wayúu, ha desarrollado una de las propuestas más singulares de la música latinoamericana reciente. Su obra mezcla electrónica, ritmos del Caribe, cantos tradicionales y una fuerte carga política. En sus composiciones, la voz se vuelve instrumento de denuncia y celebración al mismo tiempo: habla de migración, racismo, colonialismo y maternidad, mientras explora sonoridades que rompen con los géneros establecidos. Aunque suele cantar en español, ha sabido integrar a lo largo de sus álbumes canciones que integran su herencia Wayúu.
Esta diva pop representa una generación de artistas indígenas que utilizan el hip-hop y el pop como plataformas de afirmación cultural. Integrante del pueblo Guajajara, su música dialoga con las luchas por el territorio, la memoria y los derechos de los pueblos originarios. Sus letras combinan portugués con lenguas indígenas, y su estética sonora mezcla beats urbanos con referencias a la tradición, creando un puente entre lo ancestral y lo contemporáneo.
Sara es la primera cantautora indígena guatemalteca en llevar sus cantos en kaqchikel -su idioma materno- y español a nivel internacional. Su voz y su mensaje de amor, conciencia, respeto y defensa por la vida en todas sus formas, la han convertido en portadora de luz. Ella ha hecho del canto en kaqchikel una forma de narrar historias de resistencia. Su música —de raíz folk y acústica— está atravesada por la defensa de los derechos de las mujeres indígenas, la memoria histórica y la dignidad de los pueblos mayas. Cada canción funciona como un testimonio íntimo y colectivo a la vez, donde la voz se vuelve un espacio de sanación y de memoria.
En el extremo sur del continente, Beatriz es heredera de una historia a la que le ha dedicado décadas para recuperar y difundir los cantos ancestrales mapuche. Su trabajo parte de la tradición oral de su pueblo, especialmente del Ül kantun, una forma de canto ceremonial. Pero también desde otras expresiones étnicas musicales, como Tayül (cantos sagrados), Elegíacos (cantos de pena /de dolor) y cantos profanos. Más que reinterpretar esas expresiones para el mercado musical, su propuesta busca preservar su profundidad espiritual y cultural, llevando esas voces ancestrales a escenarios internacionales sin despojarlas de su sentido comunitario.
Aunque sus estilos y trayectorias son distintos, estas artistas comparten algo esencial: entienden la música como un espacio de continuidad cultural. En sus canciones, las lenguas originarias no son reliquias, sino instrumentos vivos para contar el presente, imaginar el futuro y recordar que esta tierra es un territorio de muchas voces.