El Librero

Amiga mía, una carta a la complejidad de la amistad, a la ausencia y al duelo

Rebeca Avila
Gaceta Nº 252 - 3 de febrero, 2026


No hay traición más grande que la de un amigo. Eso dicen. Ni si quiera cuando de pareja sentimental se trata. Será porque eso de la confianza y la honestidad en la pareja es una cosa ultramoderna. Pero cuando hablamos de amistad, las cartas cambian. Elige bien a tus amistades, aplica en lo social, hasta en lo político, pero vale más en lo íntimo. La amiga o el amigo son personas que tomamos por la vida para dejarnos ser, son refugio y abrigo. Algunas son efímeras, otras son como un velcro. Pero las que se sienten verdaderas y profundas son las que se cuelan por las grietas, se toman su tiempo, nos conocen como nadie, pueden saber lo que pensamos sin hablar. Como en Frances Ha, cuando la protagonista describe como alma gemela a aquella persona a la que, en medio de un mar de gente, puedes voltear a ver a la distancia y, sin cruzar palabra, encuentras complicidad, confort, seguridad.

La amistad es casi mágica a ratos, nos hace sentir invencibles, capaces, que podemos ser otros y a la vez nosotros mismos, pero no todas las amistades sobreviven al paso del tiempo, a la vida. De eso va Amiga mía, autoficción en la que Raquel Congosto, arquitecta de formación, pero escritora por ejercicio de expresión, nos narra la disolución de un contrato de amistad escrito con lágrimas, de esos firmados con sangre que los hace inquebrantables, pero que no soportan la cruda realidad de que, a veces, solo somos seres humanos llevados por el ensimismamiento. Entonces, ante la pérdida de un lazo de amistad ¿Qué hacer?, ¿Seguir el rumbo?, ¿Conseguir otra?, ¿Hablarlo en terapia? Existen decenas de fórmulas para superar un rompimiento amoroso, pero nadie nunca te dice cómo afrontar el duelo por la ruptura de una amistad.

Como la misma autora dirá en una entrevista se mezcla el "las amigas son para siempre" o "las amigas son la familia" con "las amigas vienen y van" y entonces, en medio, parece no haber nada más. Congosto intercala su voz del presente, con la familia que ahora tiene -pareja e hija- habitando en el mismo espacio físico que un día compartió con su, ahora, exmejor amiga; y la mezcla con remembranzas casi epistolares en donde conocemos los detalles de la amistad entre Celia y Marina, sus orígenes, sus personalidades, las piezas rotas que hacían encajar sus heridas para armar el rompecabezas.



Se huelen las carencias mutuamente y las combaten con habilidades complementarias.



En medio de esas dos voces, presente, que no busca perdonar sino darle sentido a la ausencia, y pasado, que añora y que escarba para tratar de recordar si el motivo de la ruptura es contundente con la cicatriz, leemos eso que ocurre en un pestañeo, la vida: los trabajos, los dramas económicos, las aspiraciones, los sueños de juventud truncados, los novios que no tienen nada que aportar, aunque piensan que sí, los padres, los hermanos, la muerte que se hace presente, la admiración versus también la envidia. Pero también, el cariño, esa mano que te levanta del suelo o que se posa en tu hombro, ¿Cómo puede acabar entonces todo tan mal?

Amiga mía no pretende cambiar vidas, es un relato íntimo que nos plantea cómo las personas a veces conectamos con alguien más por las diferencias, que por las similitudes, nos unen las piezas que tenemos y que al otro le hacen falta y viceversa. Nos lleva a reflexionar cómo ese ejercicio a veces innocuo, pero siempre inintencionado de sobrepensar una y otra vez un mismo asunto, de cavar tanto en los recovecos de la memoria, a veces puede distorsionar la versión original. Y luego, la incertidumbre del silencio del otro, de no saber lo que recuerda y siente, y lo que no.

Con el avance de las páginas, vamos entendiendo la naturaleza de las dos amigas, cómo la infancia siempre pesa a la hora de gestionar como adultos ene cantidad de sentimientos. De repente, vamos descubriendo lo que ocurrió, la estocada final, que no siempre la más aparatosa, es la más dolorosa, y esperamos la aparición de esa amiga que nos cortó por correo electrónico en el presente, un resarcimiento, una estrechez de manos, un abrazo que deje atrás los malentendidos enraizados en tristeza. Pero Congosto no cuenta más, porque no desea hacerlo, y está bien, a veces, solo dejar pasar.


Los cuerpos que recuerdan que la anomalía es seguir adelante, sin parar, como si no pasara nada. Olvidarnos de que esto se podía. Pasar página, enterrar el agujero.


COMPARTE