El barroco mexicano es mezcla exuberante de fe, símbolo y pronunciamiento visual, encontró suelo fértil en la Nueva España desde el siglo XVII. Aunque muchos asociamos esta corriente con imponentes iglesias como Santa Prisca en Taxco o las catedrales de Puebla y Zacatecas, hay otros edificios no tan visitados por el turismo masivo, que guardan historias fascinantes y detalles que merecen ser redescubiertos. En el marco del Día del Orgullo Barroco (que se conmemora cada 7 de diciembre), te invitamos a dar la vuelta por gemas menos conocidas de esta herencia arquitectónica que aún palpita en distintas regiones del país.
Aunque Puebla es famosa por su barroco, la Capilla del Rosario, dentro del Templo de Santo Domingo, no siempre figura en las primeras guías. Conocida como la Casa de Oro, su interior deslumbrante está cubierto de pan de oro, estucos y altares de elaboración casi teatral, elementos que la convirtieron en una de las joyas del barroco novohispano. Su riqueza ornamental incluso ha hecho que algunos la consideren una candidata al título de “octava maravilla del mundo”.
A un paso del Zócalo, se encuentra esta iglesia barroca construida entre 1685 y 1687, obra del arquitecto Juan de Zepeda. Poco conocida entre los visitantes extranjeros o incluso nacionales, su fachada y su historia son parte de un antiguo convento clausurado en el siglo XIX. Este, es un testimonio silencioso de cómo el barroco no solo se hizo grande, sino también íntimo y urbano.
Conocida simplemente como La Santísima, este templo fue parte de un hospital/hospicio para sacerdotes y fue construido entre 1755 y 1783. Su ornamentación interior y la sobriedad barroca de su estructura marcan un contrapunto elegante con las grandes catedrales, mostrando cómo este estilo permeó espacios de atención social y comunitaria, no solo los escenarios ceremoniales grandiosos.
Esta iglesia, ubicada en el Centro Histórico, mezcla el barroco tradicional con elementos posteriores, pero conserva detalles interesantes: relieves, en sus puertas de madera que narran escenas religiosas, y su cúpula revestida con talavera en franjas, que evoca delicadamente influencias indígenas. Su historia y su mezcla de estilos hablan de un barroco que se adapta y se reinventa.
Oaxaca es tierra del barroco vibrante, pero más allá de las iglesias famosas, este templo conventual del siglo XVI sorprende por sus frescos y su retablo labrado que mezcla iconografía cristiana con motivos indígenas. Es un ejemplo de cómo el barroco se enraizó en cada rincón y se transformó en un lenguaje híbrido, único en México.
Aunque desde fuera es más sobria que las iglesias centrales del país, su fachada barroca y sus ventanas con vitrales reflejan cómo el estilo se extendió hasta las misiones del norte colonial, adaptándose a materiales y climas diferentes. Un destino perfecto para quienes desean cruzar caminos menos transitados del barroco novohispano.
El barroco llegó a México como parte del proyecto colonial español del siglo XVI, con la intención de hacer de la arquitectura, un lenguaje visceral de fe y poder. Pero en nuestro país, ese estilo importado se transformó: se mezcló con tradiciones indígenas, con materiales locales y con imaginarios culturales propios; el resultado fue un barroco que no solo impresionaba por su opulencia, sino que hablaba directamente al corazón y la memoria de distintas comunidades. Esa fusión única es lo que hace de estas joyas, aunque menos famosas, no menos fascinantes.
Dar la vuelta por estos sitios es mucho más que admirar fachadas o nichos escultóricos: es comprender cómo una corriente artística europea se sembró en suelos diversos para dar fruto propio. Y aunque muchas obras barrocas fueron destruidas o alteradas con el paso de los siglos, las que permanecen, nos recuerdan que el barroco en México no fue un estilo pasajero, sino una forma de identidad colectiva.
Proponemos ver más allá de las catedrales icónicas y descubrir historias escondidas en capillas, iglesias urbanas sencillas y templos de pueblos recónditos. Porque el barroco en México no vive solo en los carteles turísticos, vive en cada piedra que sabe contar un pasado exuberante y sorprendente.