Por: Rebeca Avila

Rubén Blades, el cronista salsero

Para 1985 ya era una luminaria de la música, no sólo en Nueva York, sino en toda Latinoamérica. Se decía que en el Village Gate las diferencias desaparecían y latinos, blancos, asiáticos, los segregados del Bronx y los privilegiados de West Side, se reunían con un sólo propósito: ver actuar al sinigual Rubén Blades, el músico que logró transgredir la transgresión y que hizo de la salsa una propuesta de fusión de música tropical y jazz, al mismo tiempo que dejaba a un lado las líricas convencionales del género, para volverlas las protagonistas de su música. Prueba tal existe, que la gente que se congregaba esa calurosa noche para verle y escucharle hablaba en su mayoría en inglés, pero cantaba a su modo sus letras en español. Bien sabido es que poco importan las barreras del lenguaje cuando se habla de música.

Grandes salseros hubo muchos, como Héctor Lavoe, el Cantante, Willie Colón, Cheo Feliciano o Celia Cruz, pero Blades logró lo que ninguno, volverse un cronista de la salsa. Al nacido en Panamá en 1948, no es que no le importara la música, por el contrario, sino que tenía la firme intención de hacer llegar un mensaje a través de ella y para ello creó fórmulas que ponían a la letra por encima de la música, sin que el espectador lo notara, pues los arreglos musicales no supusieron jamás un sacrificio para ensalzar la poesía de sus canciones.


Willie Colon presents Ruben Blades – Metiendo Mano!
Willie Colon presents Ruben Blades – Metiendo Mano!

De Rubén Blades se ha ido destapando con el paso del tiempo su amplia biografía. Además de músico, cantante y compositor, es actor, escritor, abogado y político (en Panamá). Por ello lo llaman un hombre renacentista de nuestro tiempo. El vivir en carne propia el inicio de uno de los momentos históricos más turbulentos de su país (la dictadura), le motivó para hacer, a su manera, su propia música de protesta y en cuanto arribó a Miami durante los 70, tuvo un objetivo, incursionar en el sello Fania. Por supuesto, a pesar de su entusiasmo y talento no fue tan sencillo entrar. Primero, como típica historia del sueño americano -no es que fuera su caso o su sueño -, comenzó como mensajero y luego de un tiempo, tuvo su primera oportunidad cuando Barretto se propuso formar una nueva alineación de gran orquesta. Como quienes no le piden nada al jazz, la formación incluía, entre otros, a quién sería el primer gran colaborador y empuje de Blades, el trombonista Willie Colón.

De este encuentro nacería una dupla colaborativa entre ellos, en la que Colón producía y acompañaba con su inseparable trombón y Blades escribía y componía las canciones; ese primer proyecto, en el que el panameño sería también el cantante principal, fue Metiendo mano (1977), donde ya se veía su vena de protesta social con la justiciera Pablo Pueblo. Nada mal el resultado para ser su debut, pero pronto vino Siembra (1978), álbum que se precisa como el más vendido en la historia de la salsa y de Fania, paradoja del sello y de la industria de la música latina de aquel entonces, si se toma en cuenta que por esos años el boom salsero se vio a la baja con el apogeo del disco y el resurgimiento del rock. Pero pese a que el descenso de Fania se avecinaba, la historia de Rubén Blades apenas empezaba.


New York Magazine
New York Magazine - Agosto 1985

La revista New York, ya entonces lo comparaba con poetas musicales como Bob Dylan o Randy Newman, por sus letras incisivas llenas de sentido, crítica y lucha social; y con el tiempo su Siembra fue llamado el Sgt. Pepper de la salsa. Este 16 de julio, Rubén Blades, hombre polifacético, retirado de la salsa, pero no de la música, experimentador que ha oscilado entre lo tropical, el jazz y hasta el tango, dador de salsa intelectual, reflexiva y crítica que ha conectado al pueblo latinoamericano a través de generaciones y hombre fiel a sus ideales, cumple 74 años y en este Pantalla sonora queremos recorrer en breve algunos de los sitios que el compositor ha visitado para forjar una carrera que hoy es a prueba de todo.


Plástico

“Era una ciudad de plástico, de esas que no quiero ver/ De edificios cancerosos y un corazón de oropel/ Donde en vez de un sol amanece un dólar/ Donde nadie ríe, donde nadie llora/ Con gente de rostros de Polyester/ Que escuchan sin oír y miran sin ver/ Gente que vendió por comodidad/ Su razón de ser y su libertad”. Plástico, el primer tema, es frontal. Una crítica al materialismo fomentado por el sistema capitalista, en el que vale más la apariencia y la ostentación, aunque represente una falsedad. Esa apariencia se traduce en estatus y el estatus lo impone el hombre blanco (“no juegues con niños de color extraño”), aunque el latino se esfuerce y aspire a pertenecer a ese lugar a cambio de su propia dignidad, Plástico invita a la reflexión y a la fraternidad.




Pedro Navaja

Es muy probable que Pedro Navaja sea hoy en día el tema más representativo de Blades, aclamado cada que decide regresar a él para complacer a su público. Se dice que está basada libremente en Mack the Knife del dramaturgo Bertolt Brecht, y que durante los años 50 fuera adaptada y adoptada por voces como Armstrong o Sinatra. Pero la historia que el panameño cuenta es otra. La realidad es que la letra es una amalgama de elementos que Blades fue recogiendo desde la infancia: el diente de oro y las zapatillas negras, eran los nombres de dos pandillas de Panamá; el sombrero de ala ancha y el gabán eran una referencia a los proxenetas que se paseaban elegantemente en la 42, en Nueva York. Así que Pedro Navaja es una anécdota ficticia -y no- que recoge pequeños elementos de barrios latinos (donde quiera que fuere) para maquinar una historia que bien podría ser una pieza literaria, como un cuento breve o una novela gráfica.




De la cultura latina

De eso se ha tratado toda la música de Rubén Blades, de reapropiarse de su misma cultura y constantemente le da la vuelta a las diversas temáticas del pueblo latino, lo hace con las causas sociales, con los estereotipos, con las relaciones interpersonales (Amor y control), pero también con los elementos que llenan de significado la vida del pueblo, como María Lionza (cuyo sample distintivo sería retomado por la agrupación Major Lazer). Contadas han sido las veces que el cantautor se ha aventurado a abandonar el español para componer y cantar en inglés, como el caso de su disco de duetos Nothing but the Truth (1988), en el que un joven y ambicioso Rubén Blades decidió invitar a colaborar con él a verdaderos peces gordos de la música en inglés de aquella época: Lou Reed, Sting y Elvis Costello. Los productores del disco le alegaron que ninguno de ellos hacía duetos y mucho menos estaría interesado en hacer un proyecto con un -para ellos- desconocido. Cuál sería la sorpresa para todos, cuando los tres, sin pensarlo, dijeran que sí.


De amores y clasismo

Si pensaban que para Rubén Blades no había espacio para los temas elementales y sentimentales de la cuestión humana, se están equivocando. No todo era lucha social, también apelaba al amor como en Dime (“Dime cómo me arranco del alma esta pena de amor”) o la búsqueda de romance, como en Buscando guayaba. Pero fue su Ligia Elena la que nos mostró que, como siempre, el amor no es lo único que importa ni lo supera todo. La historia va de una joven blanca “de la buena posición” que deja la comodidad de su mansión y la protección del seno familiar para ir a vivir con un trompetista negro -y pobre, por supuesto- del que se ha enamorado. Mientras ella es feliz, la sociedad a la que pertenece se escandaliza y sus padres están indignados “preguntándose en dónde fallaron”.




La censura

Con Pablo Pueblo ya se había arriesgado, al abordar el asesinato de un guerrillero en su primer disco; después, trataron de persuadirlo de omitir Pedro Navaja en Siembra; pero el momento de la valentía y el arriesgue llegaron con Canciones del solar de los aburridos. Ahí se estrenó Tiburón, una canción en la que sin reparo y de manera frontal, critica la intervención de Estados Unidos en varios países de América Latina. Esta metáfora le costó a Blades el veto radial en Estados Unidos durante más de 10 años. Pero la censura en un lado sólo hizo que su popularidad creciera donde tenía que hacerse, en países que vivían crisis ya sea por la dictadura o por la llegada nada desinteresada de los “americanos”. Así, Tiburón se convirtió en un himno en países como Cuba, Perú o Venezuela y más que acallar la voz y pluma de Blades, esto dio pie a otras producciones donde la garra persistió, como en Buscando América (1984) y sus Desaparecidos, álbum con el que se presentaría en el Village Gate una noche de verano de 1985.