Por: Arody Rangel

“No se asuste” y otras sabidurías pandimensionales

“Tenía un aspecto demencialmente complicado, y ésa era una de las razones por las cuales estaba escrito en la cubierta de plástico que lo tapaba las palabras NO SE ASUSTE con caracteres grandes y agradables. La otra razón consistía en que tal aparato era el libro más notable que habían publicado las grandes compañías editoras de Osa Menor: la Guía del Autoestopista galáctico. El motivo por el que se publicó en forma de micro submesón electrónico, era porque, si se hubiera impreso como un libro normal, un autoestopista interestelar habría necesitado varios edificios grandes e incómodos para transportarlo”.

Guía del autoestopista galáctico, Douglas Adams


En algún lugar del universo en algún punto del tiempo, seres tremendamente hiperinteligentes y pandimiensionales crearon una magna obra, una supercomputadora tan inteligente que sería capaz de dar respuesta al sentido de la vida, el universo y todo lo demás. Cuando a aquel ser inteligentísimo de nombre Pensamiento Profundo se le planteó la cuestión, demoró un rato haciendo sus cálculos y finalmente respondió a sus creadores que tardaría siete millones y medio de años en darles la tan ansiada respuesta. Esto causó gran alivio a la casta de personajes que, entre estos seres pandimensionales, tenían el mote de filósofos, pues vieron amenazado el sentido de sus vocaciones de buscar el sentido de la vida, el universo y todo lo demás ante la expectativa de que el súperordenador diera al fin con la respuesta definitiva; para ellos, por cierto, aquella larga temporada que Pensamiento Profundo tardaría en hallar lo suyo no sólo los alivió, sino que el gentil aparato les designó la tarea de dedicarse a especular sobre su posible resolución, tarea que los hizo muy populares y también los enriqueció.

Cuando al fin se cumplió el plazo establecido por Pensamiento Profundo para resolver aquello del sentido de la vida, el universo y todo lo demás, aguardaban un par de sujetos, preparados desde el nacimiento para esperar ese momento, quienes tras recibir la respuesta final no pudieron más que decepcionarse: ¡el sentido de la vida, el universo y todo lo demás resultó ser 42! ¡tantos millones de años para recibir un crudo y desabrido 42! Pero el chiste no terminó ahí, Pensamiento Profundo, que a decir de sus creadores era la computadora más inteligente jamás creada, les hizo una pequeña acotación: para dar con el sentido de la vida, el universo y todo lo demás lo que debían hacer en realidad era plantear la pregunta correcta sobre todo eso, cosa que ni ellos ni él podrían hacer, pero sí la sucesora de Pensamiento Profundo, la computadora que podría ostentar realmente el título ser la más inteligente jamás creada; para fortuna de aquellos seres pandimensionales, su gentil ordenador los dotó con los planos de construcción de esta súpermáquina, que en su diseño final sería en realidad un planeta y se llamaría Tierra...

El asunto se vuelve hilarante cuando esa Tierra resulta ser nada menos que nuestra Tierra, al menos en la ficción, en esa novela publicada por Douglas Adams en 1979 bajo el título de Guía del autoestopista galáctico. La historia que arriba se relata es una historia dentro de esta historia que inicia, precisamente, en el momento en que la Tierra es destruida por una raza alienígena, quienes, tal como nosotros destruimos lo que impide el paso del trazo ideado para nuestras vías de transporte, se deshacen sin más de este insignificante planeta para construir una autopista intergaláctica.

Minutos antes de la devastación, un hombre londinense común y corriente de nombre Arthur Dent es recogido por su amigo Ford Prefect y haciendo autoestop logran colarse a una de las naves vogonas encargadas de la demolición; de un momento a otro, Arthur se convierte en el último terrícola del universo, se entera de que su amigo Ford es en realidad un extraterrestre enviado al planeta para mejorar la reseña que hay sobre éste en la Guía del autoestopista galáctico, una enciclopedia pangaláctica y guía de viajes, y que otras razas de seres inteligentes habitan a lo largo y ancho del espacio exterior... Ah, y que además, para todos estos seres la Tierra es “inofensiva”, es más, “fundamentalmente inofensiva”, como al fin decide poner Ford en la entrada de la Guía después de su estadía de 15 años en la Tierra.

Esta novela de Adams es en realidad la primera entrega de “una trilogía de cinco” novelas en torno a las desventuras que el pobre Arthur Dent vive en sus viajes intergalácticos tras la destrucción de su planeta en compañía del ya mencionado Ford; el primo de éste, Zaphod Beeblebrox, excéntrico presidente de la Galaxia y prófugo de la justicia por robar el Corazón de Oro ‒una nave hipervelóz debido a su campo de improbabilidad y que es el vehículo donde se desplazan Dent y compañía‒; Trillian, exterrícola compañera de Zaphod y quien tiene un pasado con Ford; Marvin, un androide paranoide, depresivo y sarcástico; y Eddie, la IA que pilota Corazón de Oro, quien resulta exasperante por su exceso de amabilidad y optimismo. Y la saga, considerada una obra de culto de la ciencia ficción, es a su vez, la adaptación de la original serie humorística que Adams escribió para la radio de la BBC en 1978.

Adaptación de la adaptación, la Guía del autoestopista intergaláctico ha sido llevada también a la pantalla de televisión y a la del cine, en algunas ocasiones por mano también de su propio creador, de quien se dice, estaba algo ebrio y tirado en un campo cuando se le ocurrió la idea del autostop galáctico mientras él hacía autostop en un viaje por Europa. La ocurrencia fue llevada al papel hasta que tuvo oportunidad de escribir para la radio y la Guía no fue la protagonista de la historia hasta que Douglas ensayó primero la idea de hacer una serie en la que cada capítulo contara un fin del mundo distinto.

Sí, protagonista, porque aunque muchas cosas se revelan en las páginas de Adams, como lo que contamos al inicio, que la Tierra es en realidad la computadora más inteligente jamás creada y su misión es hacer la pregunta correcta sobre el sentido de la vida, el universo y todo lo demás; o que la Tierra fue destruida justo en el momento en que estaba por formularse al fin la pregunta correcta; o que esos seres pandimensionales hiperinteligentes creadores de la Tierra gustan de tomar la forma de pequeños ratoncitos blancos; o que la poesía de los vogones es apreciada como la más cruel forma de torturar a cualquiera ‒estos destructores de galaxias son además, los seres con menos belleza interior y exterior en todo el Universo‒; o que ni siquiera el artífice del Universo entiende el sentido de su creación y desconoce que es su creador; o que...

Insistimos, a pesar de todo esto, la sabiduría contenida en la Guía, considerada siempre en la “trilogía de cinco” como de dudosa utilidad, puede muy bien considerarse pandimensional, tal como se aprecia en la leyenda de su portada donde advierte al lector “No se asuste”. Con un puñado de sus satíricas inutilidades cerramos este Librero dedicado a Douglas Adams y a su Guía del autoestopista galáctico a propósito del aniversario luctuoso número 21 (¡la mitad de 42!) de este tremendo escritor.


  • El espacio es grande. Muy grande. Usted simplemente se negará a creer lo enorme, lo inmensa, lo pasmosamente grande que es. Quiero decir que quizá piense que es como un largo paseo por la calle hasta la farmacia, pero eso no es nada comparado con el espacio.

  • Si uno se llena los pulmones de aire, puede sobrevivir en el vacío absoluto del espacio unos treinta segundos. Sin embargo, como el espacio es de tan pasmosa envergadura, las probabilidades de que a uno lo recoja otra nave en esos treinta segundos son de doscientas sesenta y siete mil setecientas nueve contra una.

  • La historia de todas las civilizaciones importantes de la galaxia tiende a pasar por tres etapas diferentes y reconocibles, las de Supervivencia, Indagación y Refinamiento, también conocidas por las fases del Cómo, del Por qué y del Dónde. Por ejemplo, la primera fase se caracteriza por la pregunta: ¿Cómo podemos comer?; la segunda, por la pregunta: ¿Por qué comemos?; y la tercera, por la pregunta: ¿Dónde vamos a almorzar?

  • Hay una teoría que afirma que si alguien descubriera qué es exactamente el universo y el porqué de su existencia, este desaparecería al instante y sería reemplazado por algo aún más bizarro e inexplicable. Hay otra teoría que afirma que esto ya ha ocurrido.

  • Desde luego, existen muchos problemas relacionados con la vida, entre los cuales algunos de los más famosos son: ¿Por qué nacemos? ¿Por qué morimos? ¿Por qué queremos pasar la mayor parte de la existencia llevando relojes de lectura directa?

  • La Guía del autoestopista galáctico es un compañero indispensable para todos aquellos que se sientan inclinados a encontrar un sentido a la vida en un Universo infinitamente confuso y complejo, porque si bien no espera ser útil o instructiva en todos los aspectos, al menos sostiene de manera tranquilizadora que si hay una inexactitud, se trata de un error definitivo. En casos de discrepancias importantes, siempre es la realidad quien se equivoca.