Por: Rebeca Avila

De Otelos, Humberts y Sabios, la violencia de género disfrazada de amor en la literatura

Quizá en los últimos años, con los nuevos aires del feminismo, varias relecturas y la insaciable sed de los grandes estudios por repetir hasta el cansancio las mismas historias, hemos caído en cuenta de que los cuentos de hadas no son más que un discurso que perpetua la violencia hacia las mujeres disfrazado de historias de amor. Las historias clásicas como las de Hans Christian Andersen, Charles Perrault o los Hermanos Grimm, herencia de la tradición oral, son más crudas que los cuentos para niñas y las reinterpretaciones para el cine, por lo que las narrativas en las que una doncella yace en un sueño profundo en una torre, a la espera de que la despierte el beso de un amor verdadero, en realidad esconden el ultraje que sufre una mujer en estado inconsciente cuando un hombre la encuentra sola en aquella habitación y, prendado de su belleza, no sólo la besa si no que no puede resistir copular con ella aunque esté en un coma mágico. Vaya, el sexo sin consenso más romantizado por la cultura popular contemporánea.

La violencia de género en la literatura está presente desde muchas historias, géneros, épocas, geografías y puntos de vista; están los que hacen periodismo de investigación y muestran la cruda verdad que viven las mujeres; existen las ficciones basadas en hechos reales, como 2666 de Roberto Bolaño, que habla de las muertas de Juárez, o Las elegidas de Jorge Volpi, que aborda la trata de blancas y la prostitución infantil; la intriga y misterio de la novela negra, que por su naturaleza es el lugar idóneo para este tipo de historias, como Los hombres que no amaban a las mujeres de Stieg Larsson.

También están aquellas mujeres que escriben desde la garra, como la novela distópica de Margaret Atwood, El cuento de la criada, donde en un mundo en el que la esterilidad afecta a gran parte de las mujeres, las pocas que aún pueden procrear son obligadas a hacerlo para familias adineradas, eso sin contar que, por decreto del gobierno, todas las mujeres han perdido sus derechos, sin poder trabajar, poseer bienes o tomar decisiones propias, siempre a expensas de un esposo, padre o hermano. Incluso, si fuéramos más atrás y en un tono más simbólico, la mismísima Virginia Wolf ya denunciaba estas violaciones a la emancipación femenina en Una habitación propia, donde hablaba de cómo, para poder dedicarse en concreto a la escritura, una mujer, a diferencia de un hombre de su época, necesitaba forzosamente dinero y una habitación propia para poder triunfar a la par del género masculino.

Pero son otro tipo de historias de las que hablaremos en este Librero con motivo del Día Internacional de la Mujer (8 de marzo); aquellos clásicos de la literatura que funcionan, pese a que estén sujetos a un contexto histórico o social, como una suerte de apología de la violencia hacia la mujer. Cabe aclarar que no tratamos de denostar la grandeza de estas obras, ni de echar libros al fuego, al contrario, es una invitación a (re)leerlas y hacer visible que una parte fundamental de ellas valida la violencia como recurso para sus historias.


Otelo


Otelo, o el feminicidio en la Inglaterra del siglo XVI disfrazado de amor inconmensurable. La historia de un pobre hombre que, abatido por los celos, cometió un crimen porque amó demasiado. El moro de Venecia, Otelo, además de ser una historia de racismo, que desencadena una envidia por parte de Yago, la serpiente que susurra al protagonista que su esposa, Desdémona, lo engaña con otro hombre, es, en esencia, la historia de un asesinato por odio, no por amor. Otelo no ama a Desdémona, ama la idea de poseerla, de saberla solamente suya y al más mínimo aviso de que esto no es así, que ella lo engaña y tiene ojos, mente, corazón y cuerpo para otro hombre, enloquece y no repara en la idea de “mía o de nadie”, así que decide terminar con la vida de la mujer que dice amar. Aquí no importa si Desdémona es infiel o no, ¿eso es motivo para que Otelo piense siquiera en matarla?, no. Esta tragicomedia, una de las más representadas de Shakespeare, ha tenido esta reinterpretación en los últimos años, la de dar voz a la mujer y a las millones de Desdémonas en el mundo y en la historia, y mostrar a los millones de Otelos como lo que son, no hombres que amaron demasiado, sino monstruos carcomidos por la inseguridad, sin escrúpulos y dueños de una practicidad para ver el rechazo como un motivo justificable para infligir daño a las mujeres.


Lolita


La historia de un hombre maduro que tiene un enamoramiento enfermizo por su hijastra de 12 años, ya es un punto de inicio repulsivo. Al avanzar las páginas se destapa la escoria que es este sujeto: a él le gustan las niñas, pero el flechazo que siente al ver por primera vez a Lolita lo lleva a la obsesión y lo primero que resuelve es casarse con la madre de la niña para poder estar cerca de ella y durante este tiempo se regodea al observar de tan cerca a su hijastra y erotizando su inocencia, lo impoluta que es su virtud, su rebeldía y hasta sus lágrimas, “tenía una piel delicada que después de un llanto prolongado se inflamaba y enrojecía, volviéndose morbosamente seductora”; al poco tiempo la madre muere y el protagonista queda como tutor de Lolita. A partir de aquí, inicia un viaje con ella hacia un nuevo hogar y una nueva vida juntos; durante este viaje hace vívidas sus fantasías e inicia una serie de abusos sexuales prolongados. Por supuesto, aunque él afirme que ella es seductora, ella no pretende ni remotamente ser el objeto de deseo de un hombre que le triplica la edad y ella llora constantemente por las violaciones a las que es sometida cada noche. No se sabe cuál es peor bajeza que la que sigue y la que sigue, pero además de no mostrar culpa ante el dolor emocional y físico que le provoca a la pobre niña, lo peor que Humbert parece hacer es convencer a Lo, como le gusta decirle a su “amada”, de que siendo huérfana no sería prudente denunciarlo a la policía, porque nadie la vería como víctima, y que no hay mejor lugar para ella que vivir con su violador, en lugar de ir a parar a un centro de beneficencia. ¿Cuántas Lolitas son diariamente convencidas y obligadas por estos métodos, por la buena, a establecer una relación romántica con sus agresores pedófilos?


Memoria de mis putas tristes y Del amor y otros demonios


Además de regalarnos su realismo mágico, García Márquez también nos regaló su realismo más sórdido. Memoria de mis putas tristes, uno de los últimos títulos que el Nobel publicó, trajo muchos aplausos, pero pocos cuestionamientos, porque a Gabo nunca se le cuestionó su grandeza. En alguna contraportada de alguna edición de esta obra se lee: “Esta novela de Gabriel García Márquez es una conmovedora reflexión que celebra las alegrías del enamoramiento, las desventuras de la vejez y, ante todo, lo que sucede cuando sexo y amor se juntan para darle un sentido a la existencia”. Vaya descripción para la historia de un hombre a punto de ser nonagenario y que como autorregalo de cumpleaños quiere pasar la noche con una muchachita virgen. Para ello, acude a su prostíbulo de confianza, aquel que frecuentaba desde joven. Cuando de entre varias, encuentra a su víctima (no hay otra manera de llamarla) idónea, parece que esa jovialidad y vitalidad se han despertado en él, sintiéndose más vivo que nunca, al mismo tiempo que se siente al borde de morir, pero de amor. Aunque esta es la gran última jugada de un anciano, a lo largo de esta corta historia el protagonista también revela que su pasión por violar mujeres viene de una vieja costumbre de joven culto y adinerado. Por supuesto él no ve su colección de aventuras cómo una agresión, sino como jocosos romances. Las mujeres se hacen bótox para aparentar ser más jóvenes. Algunos hombres, del mundo ficticio y real, optan por violar adolescentes, como si de ellas bebiesen el elixir de la juventud.

Ni qué hablar de la Lolita de García Márquez, la Sierva María de Todos los Ángeles de Del amor y otros demonios, una niña, hija de un Marques, que a su corta edad ha tenido una vida difícil. Criada prácticamente por los empleados afrodescendientes de su casa, con un padre que la adora, pero no sabe cómo acercase a ella y una madre enferma que no se interesa en ella. Un buen día, acompañando a una empleada al mercado del pueblo, es mordida por un perro con rabia y días después empieza a presentar síntomas, pero todo el mundo atribuye su comportamiento errático a una posesión demoniaca, así que deciden acudir a la santa institución quienes resuelven practicarle una serie de exorcismos mientras Sierva yace encerrada en un convento, donde es maltratada y considerada una salvaje. El sacerdote a quien le son encomendados por el obispo los exorcismos se “enamora” (obsesiona) de ella, y pese a que nunca se dan detalles de un abuso sexual, se da por entendido que la pequeña niña efectivamente corresponde ese “amor” y que vive el éxtasis del enamoramiento. Sin embargo, su romance no puede ser, pero no por insano y porque Sierva María, una niña con necesidad de atención y cariño, no siente amor pasional, sino porque el sacerdote es descubierto en éxtasis mientras acaricia las pertenencias de Sierva María y es destituido. Al final, al nunca volver a ver a su “amado” (en realidad el único contacto con el exterior), la pequeña muere falsamente de amor (de inanición por depresión).

Si necesitan una justificación o no, si hay que separar la ficción de la realidad, si la grandeza de estas obras y sus autores no están a discusión respecto al horror del que escriben edulcorado de locuras de amor, puede dejarse de lado cuando la violencia se celebra por todo lo alto.