Por: Arody Rangel

El feminismo en sus propios términos

“El feminismo es, en su entraña misma, político en cuanto puesta en cuestión del poder más ancestral de cuantos han existido sobre la Tierra: el de los varones sobre las mujeres. Es, en la entraña de esa entraña, filosófico. Esta puesta en cuestión es de tal calibre que, necesariamente, incide reflexivamente sobre la jerarquía acríticamente asumida entre las dos modalidades sexuadas de la especie humana, los varones y las mujeres”.

Celia Amorós, Feminismo y Filosofía


Las historiadoras reconocen hasta cuatro oleadas del movimiento feminista, la primera se remonta al siglo XVIII, en plena Revolución francesa, ni más ni menos. Aquel hecho histórico que consumó en el lema de “libertad, igualdad y fraternidad” los ideales del pensamiento ilustrado encubría una desigualdad, la establecida entre hombres y mujeres, razón por la que las segundas quedaban excluidas de la fraternidad de aquel lema y de los derechos conquistados por las armas, a pesar de haber participado activamente en la revolución, no sólo luchando, sino también a través de la pluma, como fue el caso de Poullain de Barre, Emilie du Châtelet, Harriet Taylor, Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft. De esta primera oleada queda el testimonio de una Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana (1791), en clara confrontación hacia la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano (1789) en la que la Asamblea Nacional Constituyente francesa no había tomado en cuenta a las mujeres.

Como se puede ver, la historia del feminismo tiene ya su larga data y como parece ser la constante para los movimientos revolucionarios y radicales, también ha sufrido el embate de los grupos en el poder, la persecución y el acallamiento. No obstante, luego de la censura con la que tropezaron las pensadoras y activistas del siglo XVIII, oleadas de mujeres vindictas siguieron y siguen luchando por emancipar las vidas femeninas de los yugos sociales, políticos, económicos y, en suma, culturales que subordinan sus existencias a las de los hombres. Así, durante la segunda oleada, que va de mediados del XIX a principios del XX, se consiguieron derechos en materia laboral y de ciudadanía con el sufragio femenino; la llamada tercera oleada, durante la década de los 60, denunció las violencias que oprimen a las mujeres por el solo hecho de ser mujeres, inició la demanda de libertad sexual y también estableció ideas y teorías, de modo que el feminismo se consolidó también como pensamiento político.

En su complejidad de voces, el feminismo hoy continúa siendo una denuncia hacia los sistemas y condiciones de injusticia, opresión y violencia en los que viven las mujeres, pero igualmente, la pugna por transformar esos sistemas y esas condiciones. Esta lucha es lo que pretende conmemorarse y promoverse en fechas como el 8 de marzo Día Internacional de la Mujer, sin embargo, uno de los principales retos con los que se enfrenta el movimiento es el de comunicar sus causas y sus términos en contextos en los que, por decir lo menos, se cree que la fecha amerita una felicitación, y por decir lo más, se desmerita y desacredita la causa con palabras y con hechos. En Feminismo inmodificado la jurista y escritora Catharine Mackinnon señaló que “Las mujeres hemos sido privadas, no sólo de nuestros propios términos para expresar nuestras vidas, sino de vidas propias qué vivir”; así las cosas, este Con-Ciencia reúne un puñado de términos a través de los que el feminismo ha conceptualizado la realidad para poner las miras en lo que hay que transformar, subvertir o minar.



Género


Cita citable de Simone de Beauvoir: “no se nace mujer, sino que se llega a serlo”. Las palabras de la filósofa francesa evidencian que el género femenino no es algo dado por “naturaleza”, sino una categoría asociada a ciertos cuerpos en el orden de la sociedad; con el género se asignan roles bien distintos a hombres y mujeres, las únicas realidades aceptadas dentro de un orden que es también heteronormativo, y que en términos concretos implican que los varones gozan de poder y libertad, que pueden ejercer en distintos ámbitos y esferas, en tanto que a las mujeres les están asignados papeles muy específicos: madresposas, monjas, putas, presas o locas, lo que Marcela Lagarde llama “los cautiverios de las mujeres” y que comprenden tanto las manifestaciones positivas como negativas de lo que culturalmente se asigna al ser de las mujeres. Con el género, el feminismo ha puesto sobre la mesa el carácter de constructo y la arbitrariedad que están a la base de una pretendida desigualdad natural entre hombres y mujeres, y la consiguiente normalidad que dicta que las unas estén subordinadas a los otros; no es natural, es cultural y, por tanto, transformable.


Patriarcado


La historiadora Gerda Lerner define al patriarcado como “la manifestación e institucionalización del dominio masculino sobre las mujeres”, un sistema de dominación que se remonta, de acuerdo con sus investigaciones, a la cultura mesopotámica, es decir, a entre 6 mil y 3 mil años antes de nuestra era. Este sistema milenario de dominación supuso en sus orígenes la esclavización-cosificación de las mujeres y encontró su justificación en relatos de tipo religioso, como el adánico judeocristiano en el que el pretendido dios verdadero masculino crea lazos únicamente con los varones y establece como origen del mal la sexualidad femenina no domesticada; y también filosóficos, como se atestigua en pensadores de la Antigüedad que establecieron la incapacidad natural de las mujeres para las tareas intelectuales. Estos cuentos solaparon que en la práctica las mujeres quedaran relegadas a tareas domésticas a lo largo de la historia, una historia que también se ha escrito en clave patriarcal, invisibilizando el papel de la mitad del género humano que ha hecho posible las vidas materiales de la otra mitad, desde su procreación hasta los cuidados de todos los días, y no se diga a las mujeres que contra toda norma y estereotipo se hicieron de un lugar en las ciencias, las artes o la política, quienes en la mayoría de los casos han sido totalmente borradas de la memoria colectiva. Ese gran relato que nos contamos como especie, eso que llamamos nuestra historia, ha normalizado durante milenios y en todas las geografías en las que nos hemos esparcido el dominio del hombre sobre la mujer, un dominio que cruza de arriba abajo todas las esferas de nuestras sociedades, entender esto implica reconocer que en todas las relaciones de inequidad e injusticia la constante es que entre los vulnerados y marginados de la historia siempre han estado las mujeres.


Violencia de género


Si el género es un constructo social y si entre los binarios que se han normalizado históricamente, el género favorecido ha sido el masculino, se debería ver claramente que las mujeres, por el sólo hecho de vivir subordinadas, han sido y son violentadas. Pero hay hechos concretos que hacen necesario precisar que hay violencia de género, es decir, violencia que padecen las mujeres por el solo hecho de ser mujeres: el acoso sexual, el trabajo sexual, la violación, la discriminación laboral, el maltrato y negligencia en instancias médicas y también jurídicas, la incapacidad de decidir sobre el propio cuerpo y el feminicidio. Junto a la necesidad de nombrar todas y cada una de las manifestaciones de esta violencia también se hace imperativo denunciar que se encuentra solapada y normalizada en todos los niveles de la sociedad, desde las familias, aún constituidas según el modelo tradicional, hasta los mismos aparatos legislativos, en los que, o no se reconocen derechos específicos a las mujeres, como el de abortar, o no se condenan como delitos los actos de violencia perpetrados hacia ellas, como el feminicidio.


La cuerpa


Sin ahondar en los debates que suscita el cambio de género a las palabras o la inclusión de una x o e para así nombrar realidades que han sido invisibilizadas, entre otras formas, precisamente porque no son nombradas, precisemos sólo una cosa: el lenguaje es también una construcción social y cultural, y esto implica que se ha creado según una lógica y una jerarquización del mundo y la realidad, y si una de las jerarquizaciones más extendidas entre nuestras sociedades y culturas parece ser el patriarcado, ya podría uno al menos cuestionarse si el lenguaje que tan pulcramente nos jactamos de usar no ha sido creado bajo la misma lógica androcéntrica. Si se escribe cuerpa, así, en femenino es porque se trata de una conquista, de una reapropiación, pues el domino del hombre sobre la mujer siempre ha tenido lugar en el cuerpo: sea en el rol de madresposa en el que se reduce la sexualidad a la monogamia y la procreación, sea en el de santa en el que toda sexualidad está negada o bien sublimada, sea en el de prostituta en el que el cuerpo y la sexualidad están a la venta, o sea en el de presas y locas, mujeres privadas de su libertad por no acatar sus roles y vulneradas además a violencia de tipo sexual; y ni hablar de todos los estereotipos de belleza y sexualidad que se imponen a las mujeres por todos y en todos los medios. El feminismo reconoce que nuestros cuerpos son nuestros haberes, nuestros territorios, la materialidad que somos y en la que vivimos nuestras vidas; somos seres encarnados y para las mujeres, la emancipación de los roles y cautiverios establecidos de acuerdo con el género debe tener lugar en primer lugar y sobre todo en el cuerpo, se trata de apropiarse del cuerpo y poder expresarse libremente de todo mandato patriarcal, es decir, como cuerpa.


Sororidad


El sujeto del feminismo son las mujeres, esto quiere decir que la lucha feminista busca reivindicar y emancipar a las mujeres, al colectivo mujeres que en este movimiento se ha empoderado como sujeto colectivo político. Para que esta lucha se emprenda, cultive y rinda frutos, muchas feministas han señalado que primero las mujeres y para esto resulta imprescindible una cooperación, ayuda mutua, empatía y alianza entre mujeres que se ha dado en llamar sororidad. No se trata de una relación de amigas sin más, del tipo cliché del cine y la televisión, es una relación que parte de un posicionamiento crítico respecto de todas las categorías y situaciones que condicionan y perpetúan la subordinación de las mujeres y que busca combatirlas, la sororidad es una alianza entre mujeres que busca desmantelar un sistema de dominación específico que se ha dado en llamar patriarcado. No es una acción sin pretensiones, es una acción política. Para que este tipo de alianzas se den, resulta igualmente necesario concientizar a las mujeres de su subordinación y sus cautiverios, pues, un hecho igualmente incontestable es que las grandes aliadas del sistema de dominación androcéntrico han sido las mujeres. La sororidad plantea cambiar el tradicional y mítico modelo de competitividad por un pacto entre mujeres para las mujeres.