Por: Mariana Casasola

Ingrid Bergman o el arrojo que llegó de Suecia

Hollywood era una fábrica de sueños. A mediados del siglo pasado no existía un lugar más excitante, glamuroso o lleno de posibilidades de triunfo y fama. Para cualquier joven actriz de aquella época, llegar y ganarse un lugar en semejante meca del cine significaba tanto una ambición como una fantasía, así que de lograrlo había que aferrarse al estrellato, o sea al favor de la industria y de ese público celoso que acudía a las salas de cine a adorar los rostros fabulosos, las épicas historias, los romances legendarios.

Ingrid Bergman era otra joven actriz llegando a ese mítico territorio de estrellas en 1938, pero con sus particularidades a cuestas. No era estadounidense sino sueca, aunque hablaba un inglés muy correcto; estaba recién casada y había dejado en Estocolmo al marido y a su pequeña hija; y sobre todo, se negaba rotundamente a que le cambiaran el nombre o la apariencia con los acostumbrados kilos de maquillaje o “discretas” cirugías plásticas. Lo que sí tenía Ingrid era una sed insaciable de trabajar, de conocer, de descubrirse y, lo más importante, un encanto palpable. Le bastaba mirar a la cámara y sonreír con esa calidez capaz de descongelar un invierno sueco.

Hollywood se rindió rápidamente a los pies de aquella bella rubia demasiado alta para el estándar, pero de una etérea voz grave y un talento real para actuar, entrenado en el teatro y el cine suecos, que además portaba con ella un conmovedor pasado de temprana orfandad ahora superado gracias a la idílica familia que formó con su esposo doctor y su bebé, Pia. Ni una década había pasado pero el romance Hollywood-Bergman ya había dado varias películas exitosísimas e inolvidables, como la clásica Casablanca (1942), y un premio Oscar como Mejor actriz. Ingrid Bergman ya era una de las más grandes estrellas del cine.

Entonces Ingrid se lanzó al vacío en caída libre: un poco cansada del cine estadounidense a pesar del enorme éxito que encontraba ahí y aún sedienta de trabajo y crecimiento, decidió enviar una carta a un director italiano al que admiraba mucho con una propuesta para trabajar con él cuando quisiera. Roberto Rosellini le contestó con una película bellísima, un romance y uno de los más grandes y sobreexplotados escándalos en la historia de la dorada época hollywoodense. Ella se embarazó de Rosellini aún casada, abandonó al marido sueco y perdió la custodia de Pia. En un santiamén pasó de ser la angelical novia de norteamérica a tener sus películas prohibidas, porque hasta el Senado de los Estados Unidos la consideraba "una poderosa influencia para el mal".

Pero aún tras la expulsión de la tierra prometida y el acoso mediático que le acarreó, Ingrid continuó haciendo lo que más amaba hacer: actuar. Se sumergió de lleno en el revolucionario cine europeo, se retó a sí misma con proyectos bien distintos, siempre interesantes para ella, desde comedias hasta dramas de época, y continuó desafiando todas las expectativas que el mundo se construía de ella.

Finalmente, Ingrid Bergman se ganó a pulso su retorno a Hollywood y se hizo de otros dos premios Oscar, demostrando no sólo que era una actriz soberbia y que aún en la madurez conservó siempre su encanto, también logró que se le apreciara más allá de su intensa vida personal. Falleció justamente el día de su cumpleaños 67 un 29 de agosto de 1982, cuando ya le había dejado bien en claro al mundo que siempre fue una mujer muy adelantada a su época, devota de su arte mucho más que a otros roles en su vida, como ser esposa o madre. Aquí recorremos algunos de los momentos más importantes de esa trayectoria excepcional.


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Casablanca

Casablanca (Dir. Michael Curtiz, 1942) sigue siendo un ejemplo increíble de la serendipia que sólo podía suceder en Hollywood. La película no parecía siquiera contendiente probable para convertirse en una de las más queridas de todos los tiempos. El rodaje fue un proceso confuso y frustrante en el que una gran cantidad de escritores acreditados y no acreditados reescribían el guion prácticamente a diario. Bergman se quejaba con el productor Hal Wallis, preguntándose cómo caracterizar a la vacilante Ilsa cuando ni los guionistas conocían su destino. Ella nunca comprendió del todo el gran atractivo y éxito que cosechó la película, ni cómo superó el ámbito de la propaganda en tiempos de guerra en que se realizó; pero para los cinéfilos que la adoran, la razón de su encanto se encuentra sobre todo en la arrasadora química que construyeron Bergman y Humphrey Bogart mezclando a la perfección el ingenio, cinismo y romance entre sus personajes. Casablanca convirtió a Ingrid en uno de los rostros más adorados por el público y, por lo tanto, en una de las actrices más solicitadas de Hollywood para protagonizar romances perfectos con los grandes galanes de la época, desde Cary Grant hasta Gregory Peck. Algo que, como veremos, la cansó rápidamente, ya que ambicionaba ser más que la inalcanzable cara bonita.


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Gaslight

Tan famosa que su título ha desarrollado una definición en inglés, Gaslight (Dir. George Cukor, 1944) es otro ejemplo de una película donde el verdadero atractivo y éxito no provienen de la trama tanto como de la increíblemente expresiva actuación de Ingrid Bergman. Aquí ella interpreta a una mujer joven, Paula, cuyo esposo la convence de que se mude a la casa donde su tía fue encontrada asesinada años antes. Entonces la casa comienza a mostrar signos de un fantasma: sonidos extraños comienzan a resonar en los pasillos y los objetos comienzan a desaparecer. Paula está siendo perseguida, está perdiendo la razón o hay algo mucho más siniestro en juego. Bergman se apropia de la película de principio a fin con una interpretación sutil a la que le basta la gran expresividad de sus ojos para transmitir el terror y la paranoia de una mujer al límite. Este lento declive hacia la histeria le valió nada menos que el primero de sus premios Oscar como Mejor actriz.


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Notorious

Aunque la trama de tintes políticos o propagandísticos es francamente olvidable, lo que convierte a Notorious (1946) en una de las mejores películas del cine estadounidense hasta la fecha es la combinación poderosa entre el director Alfred Hitchcock, en su mejor momento, y el atractivo nato de Bergman y Cary Grant. La química sorprendente de estos actores realzada por el icónico y magistral trabajo de cámara hacen de este uno de los mejores thrillers de Hitchcock, así como uno de los papeles más interesantes en la carrera de Ingrid Bergman: Alicia, una mujer que se ve obligada por el FBI a infiltrarse en una célula de expatriados alemanes, al mismo tiempo que sus vicios, sus deseos y el amor que siente por Devlin (Grant), el agente que la recluta, amenazan con traicionarla a cada paso. La interpretación de Bergman de la contradictoria y sexualmente liberada Alicia hizo un contrapeso muy valioso en su carrera en comparación con el tipo de personajes virginales en los que la tenía encasillada Hollywood.


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Stromboli

Con su radiante belleza, Bergman podría haber seguido interpretando angelicales divas durante el resto de su carrera, pero ella poseía un amplio rango como actriz y estaba ansiosa por explorarlo. A finales de la década de 1940, Bergman era una de las principales atracciones de taquilla para los estudios de cine hollywoodenses, pero su búsqueda de autenticidad la llevó finalmente a Italia, donde realizó cinco largometrajes con el entonces pionero director neorrealista Roberto Rossellini, un cuerpo de trabajo ahora reconocido como uno de los cimientos del cine moderno. Muy por encima del sismo que provocó su vida personal en los medios y en la opinión pública estadounidense, hoy se considera a estas colaboraciones entre las mejores obras del neorrealismo italiano. Sobre todo a la primera de ellas, Stromboli (1950), en la que Bergman interpreta a Karin, una refugiada de guerra lituana tan desesperada por escapar de sus condiciones que se casa con un pescador italiano (Mario Vitale) y se muda con él a la remota y tradicionalista isla de Stromboli. La pareja vive bajo la ominosa sombra de un volcán activo, y Karin, tan hermosa como inusual, se vuelve el objetivo de la intolerancia y el señalamiento del pueblo. Aislada y desesperada, sufre una especie de crisis espiritual. Rossellini explora, gracias a la entrega de Bergman al personaje, las ideas del ostracismo social que estaba experimentando ella realmente en ese momento, pero no ofrece respuestas fáciles.


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Sonata de otoño

El rodaje de esta película comenzó justo cuando a Bergman le diagnosticaron el cáncer que trágicamente acabaría con su vida cuatro años después. Sin embargo, Sonata de otoño (1978), su primera colaboración con el sueco Ingmar Bergman, que por más que se asemeje en nombre y apellido no comparte parentesco alguno, dejó en claro, en primer plano, que la belleza única de Ingrid Bergman, envejecida de manera fascinante y elegante, permanecía absolutamente cautivadora. En esta película la historia sigue a Eva (una notable Liv Ullman) mientras intenta finalmente conectarse con su siempre negligente madre Charlotte (Bergman). Esta película se acerca inquietantemente a elementos de la propia vida de Bergman, quien había sido condenada por todos por haber dejado a su familia por Rosellini y luego a los hijos que tuvo con el director italiano por perseguir su carrera. Sonata de otoño es un estudio devastador de las malas hierbas que crecen cuando las relaciones se dejan desatendidas, y la fríamente poderosa Charlotte de Bergman es sin duda uno de sus mayores logros.