Por: Arody Rangel

Werther o el verdadero romántico

“Sólo algunos seres con privilegios logran dar su vida por los que aman y ofrecerse en holocausto para centuplicar los goces de sus existencias amadas… Están cargadas… Oigo las 12… ¡Que sea lo que tenga que ser! Charlotte… Charlotte… ¡Adiós! ¡Adiós!”

Las penas del joven Werther, Johann Wolfgang von Goethe


En el habla popular o coloquial se suele significar con el término romántico al amor cursi y apasionado, o al enamorado que se entrega sin medida y que siempre da muestras efusivas, tiernas y melosas de su amor a la persona amada; por extensión, se usa el mismo término para adjetivar al cine, la música o la literatura que enarbolan estas características, las cuales se tienen normalmente como deseables y positivas. Pero el romanticismo fue en realidad una corriente estética y artística que marcó la segunda mitad del siglo XVIII, la cual enaltecía los sentimientos y la imaginación por encima de la luz de la razón, a la que contrapuso la oscuridad gótica que recuperó del medievo y en la que, si bien el amor juega un papel crucial, éste en realidad está marcado por la fatalidad, no hay desenlaces felices.

Uno de los autores capitales para el Romanticismo en Alemania es Johan Wolfgang von Goethe, iniciador de la corriente Sturm und Drang (que significa tormenta e ímpetu) que exaltó la expresión subjetiva y la libertad como consignas del arte. En nuestros días, su obra más famosa y trascendente es Fausto, una novela que relata la caída de un doctor medieval en la tentación del mal y de las ciencias oscuras por buscar el conocimiento absoluto y la inmortalidad; pero en vida obtuvo fama y reconocimiento por su relato Las penas del joven Werther, en el cual ofrece el retrato del arquetípico hombre romántico, un personaje trágico cuyo funesto desenlace viene de la mano del amor, un amor imposible, que quizás por su misma imposibilidad, exalta y turba de forma tal al protagonista.

Este relato es un compendio de las cartas que el protagonista, Werther, escribió a su amigo Wilhelm a partir de su primera estancia en el pueblo de Waldheim. En ellas, el joven artista de una sensibilidad notable, cuenta que ha llegado a aquel lugar buscando reposo, que las personas y la tranquilidad del sitio le hacen bien y que ha conocido a Lotte, una bella joven de la que se ha enamorado al instante; para infortunio de Werther, Lotte está comprometida con Albert, un hombre mayor que ella, de modo que se resigna al menos a cultivar con su amada una amistad. La imposibilidad para él de ocultar sus sentimientos y la próxima consumación del compromiso de Lotte y Albert lo hacen regresar a la ciudad de Weimar; pasado un tiempo regresa al pueblo y ofrece su amistad al ya formado matrimonio, pero temerosa de las implicaciones que la presencia de Werther pueda tener en su vida, Lotte decide terminar con sus lazos y el día de la despedida, los jóvenes sellan su tragedia con un beso. Werther entiende que alguno de los tres debe desaparecer y una vez resuelto en su decisión, pide dos pistolas prestadas a Albert con pretexto de una excursión, deja una carta para su amada Lotte y termina con su vida al pegarse un tiro en la cabeza.

A este desafortunado final hay que añadir que el pobre Werther no murió de inmediato, sino que pasó horas en su agonía y cuando lo encontraron sus criados a la mañana siguiente del atentado aún respiraba; además, como la ley lo impedía, por suicida no pudo recibir cristiana sepultura y fue enterrado en las afueras del camposanto. De todo esto nos informa su amigo Wilhem, que es quien termina el desventurado relato.

Casi al instante de su publicación en 1774, Las penas del joven Werther se convirtió en un éxito, principalmente entre los jóvenes de la época, quienes reconocían en el héroe goethiano el espíritu e ideal de su tiempo: impuso moda entre los varones, quienes emulaban el atavío de Werther de chaqueta azul, chaleco amarillo y botas altas; entre las féminas circulaba la fragancia Eau de Werther y hasta había objetos como figuras de porcelana o abanicos en los que se reproducía alguna escena de aquella terrible historia de amor. La denominada “fiebre Werther” llevó incluso a multitud de jóvenes, hombres y mujeres, a emular el suicidio de Werther por amor, considerándolo el testimonio inequívoco y hasta propio del verdadero y gran amor, el que lleva a fundirse con lo infinito.

En su madurez, Goethe lamentaba la fama que le había acarreado aquel escrito de juventud: él tenía entonces 24 años, no hacía mucho que su amigo Carl Wilhelm Jerusalem se había suicidado por la desesperanza que le causaba saber que jamás podría consumar su idilio con la mujer que amaba porque ya estaba casada; Goethe por su parte, también estaba enamorado de un imposible, la joven Charlotte Buff, cuya mano estaba pedida y dada. El joven escritor vertió todos estos infortunios en el papel, elevó a su amigo Jerusalem en el nuevo héroe trágico inmortalizado por su Werther y con su Lotte, rindió un homenaje nada discreto al amor que no pudo ser.

La sacudida que causó en la sociedad de su tiempo fue tal que el libro fue prohibido en varios estados alemanes pues se había encontrado debajo de la almohada o abierto sobre los escritorios de los jóvenes suicidas, y debido a su éxito en otras partes de Europa, también fue prohibido en lugares como Austria, Dinamarca y España, donde entró a la lista negra del Santo Oficio. Quizás para Goethe sería un alivio saber cuán lejos de esto se encuentra hoy el concepto de lo romántico, cuyo portavoz original fue aquel descorazonado Werther que dio su vida por amor.