Pantalla Sonora

¿Por qué nos importa (o no) Bad Bunny en el Super Bowl?

Sergio Meza y Rebeca Avila
Gaceta Nº 251 - 16 de enero, 2026


La diversidad del idioma abraza, nutre y se convierte en lazo incluso en lugares como el deporte. Términos como mariscal de campo o balón suelto, son las tropicalizaciones que usamos para referirnos a elementos del fútbol americano (el imperialismo siempre por delante), deporte que, según la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL por sus siglas en inglés), tiene una audiencia latina que en 2024 había incrementado un 11%, que ha registrado un aumento del 34% de las transmisiones en español en comparación con años anteriores, y que en México tiene nada menos que 39.5 millones de aficionados.

Además del juego en sí, otra parte imprescindible para mantener, al ya no tan nuevo público latino, es el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl. Pero este show no siempre fue tema de conversación obligatorio cada inicio de febrero. Y no solo en cuanto al público de Estados Unidos se refiere, sino que fuera del país cuna del deporte de las tacleadas, el show de medio tiempo pasó de ser un pequeño extra para los aficionados que asistían al partido, hasta una presentación musical que no deja indiferente a nadie.

En los 106 años de vida de la NFL apenas se enlistan, contando la edición del próximo febrero, 60 Super Bowls. Y de ellos solamente los últimos 33 han presentado espectáculos tal y como los conocemos actualmente. Pero en esas casi tres décadas se han consolidado como un momento cumbre de la cultura pop, tema de sobremesa independiente de que se siga, o no, al deporte. De forma similar a las entregas del Premio Oscar, sin importar que se hayan visto las películas o no, alrededor del show del medio tiempo siempre giran agresivas opiniones a favor o en contra, en especial con el auge de las redes sociales; aún la opción de ignorarlo termina por ser una decisión concerniente al show.

Durante 26 años, las presentaciones durante el medio tiempo consistían en marching bands de universidades estadounidenses, esto era fruto del espíritu colegial que vio nacer al fútbol americano. Posteriormente, como una medida para contrarrestar la programación de las cadenas que no transmitían el juego, la organización de cada partido incluyó poco a poco espectáculos más grandes y variopintos, desde el grupo internacional Viva la gente, comediantes, imitadores de Elvis o patinadores olímpicos, sin dejar de lado la música: New Kids on the Block fue el primer grupo que interpretase sus propios temas musicales en el medio tiempo del Super Bowl 25, en 1991.

Todo cambiaría en 1993 con la legendaria presentación de Michael Jackson, que fue el primero en ostentar el récord de generar un mayor número de audiencia en comparación al propio partido. A partir de entonces los ejecutivos de la liga y de la televisión norteamericana pusieron el mismo esfuerzo en la organización del partido como en encontrar artistas musicales que convirtiesen al medio tiempo en un espectáculo propio, independientemente del juego.

Con el surgimiento de las redes sociales, el medio tiempo se benefició de la viralidad tanto como se volvió víctima de cuantos memes y capturas de pantalla se realizaban. Cada Super Bowl significaba ahora tres cosas: un nuevo campeón que levantaría el trofeo Vince Lombardi, la enorme expectativa por el medio tiempo, y una decena de memes nuevos publicados en tiempo real. La quintaesencia de este fenómeno se dio en el Super Bowl 49, con Katy Perry a la cabeza del show, ¿Quién no recuerda las botargas de tiburón?

Con los shows de medio tiempo en la palestra de las redes, surgió una nueva discusión que antes no contaba con un foro tan amplio, ¿Te gustó el medio tiempo del Super Bowl? Fue alrededor de estos años, que contaron con las apariciones de Beyoncé, Madonna, Bruno Mars, Lady Gaga o Coldplay, que la conversación empezó a centrarse en si el espectáculo había llenado el ojo de la hambrienta audiencia, no de boneless y guacamole, sino de entretenimiento.

Aquí surge el debate, ¿Qué vuelve memorable o bueno un espectáculo de esta magnitud? Las aristas son muchas como para llegar a una conclusión apresurada. Desde la opinión negativa de los propios músicos, como The Who, quien se quejó durante su participación en el Super Bowl 44 (2010), de la obligatoriedad del playback por parte de la organización, del poco tiempo para su performance y del peso del espectáculo sobre la interpretación musical. Los shows de medio tiempo son una criatura extraña: de inicio no existe un fenómeno similar con una repercusión parecida: un miniconcierto de apenas unos 20 minutos, sin pausas, de un artista que interprete mediante playback, y que se considere suficientemente popular, que debe obedecer a las tendencias demográficas estadounidenses, pero también a una creciente audiencia alrededor del mundo, mientras al mismo tiempo, logre ser un show que integre adecuadamente juegos pirotécnicos, bailarines y participación de la audiencia.

Desde el 2023, Apple, de la mano del rapero y productor Jay-Z, es el encargado de gestionar todo lo concerniente al espectáculo de medio tiempo. Esto da pie a otra arista, una más delicada: ¿Dónde queda el arte musical en un espectáculo absolutamente corporativo y comercial? Y en casos más recientes ¿Cabe la política dentro de un show de esta clase? Durante años, la tendencia obedeció a la popularidad del artista en cuestión, no porque las figuras que han desfilado en los estadios de la NFL carezcan de carga política en su obra, pero los shows la obviaban en pro del espectáculo. Sin embargo, desde 2020 y la presencia de artistas cantando en español, la pregunta aparece cada vez con mayor frecuencia ¿Es el Super Bowl un espacio que se presta para el arte musical con carga política? ¿O simplemente es la cúspide del entretenimiento norteamericano? ¿Dónde queda la voz de la inmensa cantidad de gente que consume dicho producto, pero fuera del territorio de las barras y las estrellas?

Este año, por ejemplo, será la primera vez que un solo artista no estadounidense y que además tiene un posicionamiento anticolonialista, ofrecerá un show totalmente en español: Bad Bunny. Entonces, ¿Por qué, mientras un sistema administrativo fascista lleva a cabo una limpieza de migrantes latinos, el sistema capitalista (en gran parte definido por la derecha) trata de retenerlos haciéndolos sentir importantes, valiosos e indispensables para el mercado? Será porque lo son y porque representan el 20% de la población de Estados Unidos y porque aportan 4,1 billones de dólares al PIB.

Los números no nos pueden mentir y, aunque el hecho de que un artista latinoamericano encabece el espectáculo de medio tiempo del deporte insignia de los estadounidenses tiene un impacto político y cultural por sí mismo; no es gratuita la decisión de poner en el escenario a Bad Bunny, nada menos que el artista más reproducido en el mundo en 2025 (además del 2020, 2021 y 2022) en la plataforma de reproducción musical más usada, Spotify. Además de ser reconocido por la revista Billboard como el máximo artista latino del siglo XXI. Por supuesto hay que considerar quién nos dice qué: industrias estadounidenses que, para bien o para mal, son quienes definen la industria musical en masa que determinan en muchas ocasiones los comportamientos de la audiencia.

Sin embargo, la llegada del cantante puertorriqueño a la cima del pop mundial no es una imposición, sino que representa un cambio cultural profundo que incluye a la autodenominada nación más poderosa del planeta, y esto refleja la consolidación de la música y el idioma español. Tal es su efecto, que tiene su propio curso en Yale Bad Bunny: estética y política musical, pensado para estudiar la diáspora puertorriqueña, el colonialismo y los géneros musicales con los que Bad Bunny ha experimentado en su último disco Debí tirar más fotos.

Mismo álbum con el que demostró el impacto cultural y cómo ha logrado ser un referente en que la población de Latinoamérica se siente identificada. En su natal Puerto Rico, Bad Bunny tuvo una residencia de más de tres meses de duración y 30 presentaciones, pensadas tanto para el disfrute de sus compatriotas, como para generar una derrama económica gracias al turismo.

Es también importante remarcar el peso simbólico de que el artista de un país que en pleno siglo XXI vive bajo el yugo del colonialismo yanqui, sea el representante de -aficionados o no- la comunidad latina que será asistente y observadora del máximo evento deportivo de la NFL.

Aún más simbólico es que su repertorio sea totalmente en español y no en el idioma oficial de los Estados Unidos, donde en 2024 había más de 57,4 millones de hispanohablantes, el segundo país con más hablantes del idioma después de México, según el informe del Instituto Cervantes. Históricamente no es la primera vez que un artista latino se presenta en el medio tiempo del SB, ya pasaron por el escenario nombres como Gloria Stefan o Shakira, por ejemplo. Sin embargo, artistas latinos y ellas mismas, lograron colarse en el mercado anglosajón gracias a que ofrecieron versiones o canciones en inglés para, después de ardua perseverancia, ser aceptados en algunas ocasiones con letras en su lengua materna. A la inversa de lo que sucede hoy en día, cuando artistas como Bad Bunny han logrado conquistar el gusto popular no sólo a través de la cultura musical, sino idiomática.

Este discurso de aceptación que los reaccionarios llaman woke, no acaba de ser descubierto. La comunidad latina lleva años habitando los Estados Unidos en el sentido estricto y cultural. No sería posible entender el fenómeno de Bad Bunny y de la oleada latina, sin voltear a ver cincuenta años atrás, cuando Nuevayol vio nacer uno de los géneros que hoy por hoy forman parte de la identidad musical latina: la salsa, que marcó un antes y un después con músicos cuyo público causaba estragos en el mismísimo estadio de los Yankees en el Bronx, o que hacía largas filas Village Gate, donde la diferencias raciales se hacían a un lado, porque la música une lo que la ideología pretende separar.

Además de la salsa, otros ritmos como la bomba y la plena, más tradicionales de la isla, forman parte de la última propuesta de Bad Bunny, sin dejar de lado otros sonidos más urbanos, como el merengue, el dembow o el mismo reggaetón. Por último, quizá está de más mencionarlo, pero el poder cultural e histórico, y por tanto, político que viene gestando el nacido en Bayamón, lo da no sólo su talento para llevar la música caribeña al mundo. Sino la voz que protesta y que se vuelve un agente de cambio que hace que un puñado de conservadores se rasguen las vestiduras por su actuación en el LX Súper Tazón.


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