Con-Ciencia

De significados y cosmovisiones, crónicas de una hebra femenina

Itzel Huerta
Gaceta Nº 254 - 3 de marzo, 2026



Con motivo de cerrar ciclos o de haber pasado por crisis existenciales, el cabello suele ser objeto de nuestros impulsos, que después de vivir algún evento que nos haya marcado, decidimos cortarlo, pintarlo, peinarlo o raparlo, tomando el cambio un sentido personal que va más allá de una simple apariencia. El hecho de que el cabello guarde un significado habla desde la historia, las culturas y las estructuras sociales; en el capítulo Las relaciones de género en la sociedad mexica, del libro Historia de las mujeres en México: Panorámicas, abordajes y aproximaciones -coordinado por Margarita Vasquez y Ana Lau Jaiven-, María Rodríguez Shadow comenta que los mexicas establecieron vestimentas y peinados de acuerdo a la clase social y al estatus marital; en el caso del cabello, las niñas lo llevaban corto, las solteras largo y suelto, mientras que las casadas lo trenzaban y peinaban en su frente a modo de cornezuelos.

Además, en el artículo Tocados y peinados del México Antiguo de la revista Arqueología Mexicana, Enrique Vela desarrolla que los mexicas consideraban que en la cabeza residía el tonalli, uno de los principios anímicos del hombre, que se incorporaba en la mollera al momento de nacer y del cual se desprendía el pensamiento y temperamento de la persona; se creía que el cabello evitaba que el tonalli abandonara el cuerpo. Como podemos ver, el peso social iba acompañado de un efecto simbólico que se veía reflejado hasta el día de muerte, pues en la cultura náhuatl acostumbraban a cortar el píochtli, mechón de la coronilla que contenía el tonalli, lo juntaban con el mechón que le cortaron en la misma zona al nacer y se colocaban en la urna de cenizas o en la tumba al terminar la ceremonia fúnebre.

En distintas culturas del mundo se le ha otorgado un valor incluso espiritual al cabello, en donde se entiende como una extensión más de nosotros mismos; de hecho, en algunos pueblos indígenas de México se conservaba la tradición de recolectar los cabellos que se caían día a día, así como los que se juntaban en los peines; esto, ya sea con la finalidad de que, al día de partir, nos llevemos todo lo que conformó nuestro espíritu, o con la finalidad de ofrecerlos en una noche de luna llena a los espíritus de fuego, tierra y aire.

Es en medio de este misticismo que el cabello de las mujeres ha sido sujeto de estereotipos de género que refuerzan el consumo de la corporalidad; en el artículo Estereotipos de género que fomentan violencia simbólica: desnudez y cabellera de Carolina Serrano-Barquín, Héctor Serrano-Barquín, Patricia Zarza-Delgado y Graciela Vélez-Bautista, conocemos la asociación del cabello con la sexualidad, la imposición de prendas que lo oculten en espacios religiosos y la representación que tiene en el arte, como la Venus de Andrea Boticceli.

Con el paso del tiempo y el acontecer de movimientos de índole mundial, se fueron instaurando modas que eran un llamado a la modernidad, tal como sucedió con las flappers de los años veinte, un grupo de mujeres que promovieron la liberación femenina desafiando las normas sociales, políticas y de moda de aquel entonces. México vivió la rebelión de las pelonas por más de diez años después de la Revolución Mexicana, aunque el movimiento se concentró principalmente en la capital del país.

No obstante, en la actualidad aún se preserva uno de los peinados más característicos de la mujer en México, las trenzas. Este peinado se conformó como una parte fundamental de la identidad nacional, se adornan con listones y suelen tener un significado distinto para cada pueblo; Rosario Mendoza, una mujer zapoteca que dio una entrevista para Vogue México y Latinoamérica, comenta que no acostumbran a cortar su cabello, lo dejan crecer desde la infancia, y que se puede identificar a una mujer casada si sus trenzas están amarradas con un nudo atrás, además de que por higiene, en la cocina, suelen levantar sus trenzas arriba de la cabeza. El cabello es un símbolo de espiritualidad, identidad y fuerza, por lo cual trenzarlo también significaba fuerza y conexión espiritual.

Su valor también parte de que, al estar en un lugar central, como es la cabeza, guarda puntos de conexión con nuestro espíritu; es así como los peinados toman la interpretación de que una raya en medio representa la alineación del pensamiento, mientras que la trenza representa la unidad del pensamiento con el corazón. De igual manera, las trenzas también tienen una interpretación de entretejer emociones, como la tristeza, algunas abuelas recomendaban trenzar la tristeza para que no fluyera con libertad en el cabello.

Aún hay comunidades originarias que conservan sus creencias y tradiciones respecto al cabello, algunas de ellas han trascendido a generaciones más jóvenes, pero en medio de la viralidad, creencias y el mundo contemporáneo han surgido propuestas que resignifican el valor de un peinado. Ponte Your Moños es un proyecto creado por Dulce Flores y Angie Portillo, dos chicas que, desde Los Ángeles, Estados Unidos, promueven identidad, memoria y resistencia. Su lema, Haz trenzas, no redadas (Make braids, no raids) es una declaración política ante la hostilidad de la vida migrante, que desde la vía pública retoma el significado de ponerse los moños para traducirse en un mensaje de fortaleza. Además, lo que recolectan es destinado a personas migrantes que fueron afectadas por las redadas que el gobierno estadounidense comenzó a hacer desde el año pasado.

Es, con estas hebras de historia, que te invitamos a reflexionar sobre la relación que tienes con tu cabello, los rituales y cuidados que te conforman, que más allá de cualquier situación estética, es uno de los rasgos más puros de identidad.


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