En Pantalla Sonora hay figuras que trascienden lo audible y se descubren en los silencios, en los márgenes, en las historias que no siempre ocupan el centro del escenario. El jazz —ese universo donde la improvisación parece gobernarlo todo— también está hecho de memorias, decisiones y voces que han sabido traducir el sonido en experiencia. En ese territorio habitan dos mujeres fundamentales: Alice Coltrane y Frances Davis, cuyas trayectorias, distintas, pero profundamente conectadas, dialogan alrededor de una misma pregunta: ¿Cómo se construye lo que escuchamos?
Hablar de Alice Coltrane es hablar de una expansión del jazz hacia lo espiritual. Pianista, arpista y compositora, su música dialogó con el legado de John Coltrane para llevarlo hacia otro plano. Tras la muerte del saxofonista en 1967, Alice continuó creando y transformó el lenguaje del jazz en una experiencia cercana al ritual. Sus composiciones incorporaron influencias del hinduismo, la música clásica india y el gospel, dando lugar a piezas que invitan a ser atravesadas más que simplemente escuchadas.
Discos como Journey in Satchidananda buscan elevar. El arpa —un instrumento poco común en el jazz— se convierte en vehículo de contemplación, mientras los patrones repetitivos y las improvisaciones, crean una atmósfera cercana a la meditación. Así, su obra amplió los límites del género y cuestionó la manera en que entendemos la música, desplazándose del entretenimiento hacia una experiencia espiritual y colectiva.
Pero si Alice Coltrane expandió el sonido, Frances Davis se encargó de expandir su significado. Escritora, crítica y observadora aguda del mundo del jazz. Davis interpretó una época, su nombre suele aparecer ligado a Miles Davis, con quien estuvo casada durante una de las etapas más intensas de su carrera. Sin embargo, reducir su figura a ese vínculo sería ignorar su papel como narradora de una historia mucho más compleja.
Frances Davis es coautora de Miles: The Autobiography, un texto que además de reconstruir la vida del trompetista, abre una ventana al funcionamiento interno de la industria musical, las tensiones raciales y las dinámicas de poder dentro del jazz. Su escritura se distingue por ser crítica, íntima y profundamente consciente de los silencios que también forman parte del relato. Porque en el jazz —como en cualquier otra forma cultural— lo que no se dice también importa.
Lo interesante es que ambas, desde lugares distintos, trabajaron con lo invisible. Alice Coltrane con aquello que no se puede ver pero sí sentir: la espiritualidad, la energía, la trascendencia del sonido. Frances Davis con aquello que suele quedar fuera del foco: las narrativas, las estructuras, las historias que sostienen la música al interior.
En un contexto donde el jazz ha sido históricamente narrado desde figuras masculinas, sus aportaciones resultan aún más significativas. Participaron activamente en la escena y, al mismo tiempo, contribuyeron a redefinirla. Alice desde el sonido; Frances desde la palabra. Una creando atmósferas que desbordan lo audible, la otra escribiendo para que esas atmósferas permanezcan en el tiempo.
Hoy, en plena era del archivo digital y el consumo inmediato, volver a sus trayectorias implica hacer una pausa. Escuchar con más atención y leer entre líneas. Entender que la música no se agota en lo que suena, también se construye en la manera en que alguien decide contarla.
Porque si algo nos enseñan Alice Coltrane y Frances Davis es que el jazz también se piensa, se escribe y se recuerda. Y en ese proceso, hay mujeres que, desde distintos frentes, han hecho posible que el sonido no se desvanezca, sino que permanezca.