¿Cuántos colores puedes nombrar? Rojo, naranja, amarillo, azul… Quizás, si fanfarroneamos un poco, nuestra paleta se pinte de índigo, fucsia, malva; y porqué no, en tiempos más contemporáneos, y aludiendo a la sociedad que, por cuestiones geográficas y políticas desencadenadas en moda, cae en el constante spanglish, llegan otros como el baby pink, burgundy, nude.
Esta ley es sabida, y aplica para toda clase de temas, nombrar el mundo es reconocerlo. Por superfluo que este tema pueda parecer, los colores son un rasgo crucial ligado a la memoria antropológica; tomemos como ejemplo el último caso de nombramientos… baby pink, y a quienes esta última etiqueta le crispe o no les resuene, tal vez el término rosa palo podrá traer una imagen más clara y pacífica. La realidad es que, en términos dejados de lo exquisito, hablaríamos de exactamente lo mismo, sin embargo, la forma de nombrarlo nos divide, no de manera peyorativa, sino identitaria.
En el año 927 en Japón se creó el Engishiki, un código ritualista que moldeó profundamente las prácticas de la sociedad, y dentro de este mismo compendio de reglas se integró el Iro, su riguroso código colorimétrico que cuenta con más de 36 formas de nombrar tonalidades de rojos, 36 de azules o 36 verdes, ¿Por qué detenerse tanto en ello?
La proximidad que los japoneses guardan con la naturaleza les permitió entender que hay una relación entre el color y la memoria. Si miramos hoy al cielo en su momento más vivo como amaneceres o atardeceres, podremos notar tintes naranjas, rosas, amarillos, azules. Si repetimos el mismo ritual el día de mañana, sin duda nos resultará sorprendente, pero no será igual al día anterior; para ello, Japón nombra cada pulso de la luz, no para clasificarla, sino para capturar el momento antes de que desaparezca. Gyoan, es esa oscuridad profunda justo antes de que se asome la primera luz del amanecer; Sinonome-iro, la débil luz del amanecer que ilumina la silueta de las nubes, Akebono-iro, el color del cielo justo antes de que el sol se asome; Asagi, un azul pálido frío como el aire por la mañana. Y pronto, entendemos de qué se habla, sin haberlos visto y sin hablar el mismo idioma, tenemos una imagen cercana gracias a nuestra conexión con la memoria, que nos trae colores latentes, cambiantes, con vida propia.
En ese mismo espectro, los colores guardan nuestra memoria, una construida por guerras, intercambios comerciales, revoluciones, y en este Con-Ciencia abordaremos la historia de algunos de estos tintes que tiñeron una parte importante en la línea de tiempo antropológica, este es nuestro Pantone.
Comenzamos a armar nuestro godete con el color más raro del mundo. En el primer tono prestaremos especial atención a un azul que no nace azul; el añil, también conocido como índigo. Su participación en la historia está estrechamente relacionada con su proceso de extracción. Este pigmento entrelaza siglos de historia y cultura a través de su planta, del género Indigofera. Utilizado por primera vez en India, su nombre proviene del griego Indikón, que significa producto de India, y desde el inicio fue conocido por su rareza y valor tal, que se utilizaba como moneda de cambio en algunas economías.
Los egipcios la utilizaron para teñir las vendas de las momias por relacionarlo con la divinidad y la inmortalidad; para las tierras africanas, este tinte se empleaba en tejidos ceremoniales. Y en los desiertos de Sahara y Sahel, destacan siluetas de la población nómada de los Tuareg que utilizan este característico color en su vestimenta. Sin embargo, en la antigüedad, había un segundo factor que lo volvía anhelado, el tinte se desvanecía rápidamente a la luz del sol.
Así, a la paleta se suma el azul maya, que en realidad parte de la misma planta del añil, sin embargo, al ver murales azules en la Riviera que databan del año 300 d.C., los expertos pensaron que dicha civilización no podría haber utilizado el mismo recurso, pero sí. Fue una rara arcilla llamada atapulgita, que se mezclaba con el tinte de la planta, lo que inmortalizó los azules en las obras de los mayas.
Irónicamente, hacia el movimiento del Barroco en la pintura, esta distinción fue motivo de discriminación. Caravaggio y Rubens, artistas referentes del movimiento, fueron la sombra sobre la que Cristóbal de Villalpando (mural de la catedral de Puebla) realizó su trabajo. El uso de materiales locales (azul maya o grana cochinilla) resultaban en paletas mucho más vibrantes, lo que lo delataban como un criollo.
La Iglesia tuvo también poder de dirección, pues hacia el siglo XVII limitó su uso a la Inmaculada Concepción o la Asunción, lo que provocó la envidia de la nobleza, que rápidamente utilizó vestiduras azules para recobrar su sentido de poder. En el año 1706 el azul dejó de ser un privilegio gracias a Johann Jacob Diesbach, fabricante de pinturas suizo que, al buscar crear un pigmento rojo, accidentalmente creó una mezcla que resultó en un azul, conocido como azul de Prusia, el primer colorante artificial moderno.
Hacia el siglo XIX, Levi Strauss y Jacob Davis patentaron los primeros jeans, destinados a los mineros, y hacia el siglo XX cobraron alta popularidad que derribó cualquier barrera ideológica; ya no era solo practicidad y resistencia, ahora era rebeldía, libertad y moda.
El rojo es uno de los colores con mayor carga simbólica en la historia. Desde poder y lucha, hasta revolución, este color fue asociado con sangre y fertilidad para muchas culturas prehispánicas de Mesoamérica; hacia la Edad Media, estuvo fuertemente vinculado con la tentación y el pecado, y hacia los siglos XVIII y XIX comenzó su participación como símbolo de lucha, rebeldía y transformación.
Fue justamente en la bandera que nació durante la Revolución Francesa que acentuó todo grito de lucha. Inicialmente, la Asamblea Nacional francesa mandaba a sus oficiales a exponer una bandera roja para conminar a los manifestantes a disolverse. Y durante la masacre del Campo de Marte el 17 de julio de 1791, una bandera roja presidió la carga de la Guardia Nacional contra la protesta republicana. Proudhon, uno de los fundadores del movimiento anarquista, fue el primero en asociar la bandera a la revolución y a partir de ahí, el socialismo se vistió de rojo: cinturones, corbatas, gorros (como los frigios), pañuelos y ojales se tiñeron de ese color.
Para el siglo XX, durante la Segunda Guerra Mundial, el rojo, especialmente el lápiz labial, se convirtió en símbolo político y moral. Estados Unidos acababa de entrar en la Segunda Guerra Mundial y el papel de la mujer en el ámbito laboral comenzó a redefinirse. En la década de 1930, las mujeres se desempeñaban como enfermeras, maestras y amas de casa. Sin embargo, con los hombres en la guerra, en la década de 1940 la mujer podía trabajar en fábricas, en cadenas de montaje o incluso unirse al ejército. Fue, durante estos años que se creó la primera rama femenina del servicio militar: el Cuerpo Auxiliar Femenino del Ejército (más tarde conocido como Cuerpo Femenino del Ejército).
A principios de la década de 1940, la maquilladora y activista feminista Elizabeth Arden recibió el encargo de crear un labial diseñado específicamente para mujeres militares. Antes, el pintalabios rojo ya había tenido una fuerte presencia, desde Cleopatra y la Reina Isabel I hasta las prostitutas de la Antigua Grecia y las flappers. Sin embargo, en manos de Arden se creó el Rojo Victoria, para que cualquier mujer pudiera honrar con orgullo a su país. Se dice que Hitler odiaba los labios carmín, así que este tono de lápiz labial se convirtió en símbolo de lucha contra la tiranía.
El color que no tenía nombre. La historia de este tinte es, probablemente, de las más recientes, sin embargo, si eliminamos su existencia de cuadros y lienzos, El baile de Matisse se queda sin danzantes, El grito de Munch nubla su cielo y Gauguin pierde sus importantes acentos experimentales. Antes del siglo XVI, en gran parte de Europa, el naranja se describía como rojo amarillento o amarillo rojizo. Sin embargo, traída desde Asia a Europa, la llegada de la fruta fue la que finalmente le dio nombre al color.
Al ser raro y ambiguo, este color no gozaba del prestigio del rojo o la pureza del amarillo, lo que no lo refleja como predominante en heráldica o vestimenta noble, y por el contrario, su naturaleza volcánica lo vinculaba con lo tóxico.
Desde la antigüedad hasta el final del siglo XIX, fue un mineral volcánico hallado en fumarolas sulfurosas la principal fuente para la producción de este pigmento. El altamente tóxico oropimento, rico en arsénico y de amarillo meloso hacia el brillante naranja cuando se pone al fuego, convenció a civilizaciones de que ese brillo luminoso debía ser ingrediente clave en la creación de la piedra filosofal, lo que expuso a los alquimistas del momento a su contacto, sin reservas de la alta toxicidad de esta sustancia.
Los primeros monjes que siguieron a Siddhartha Gautama, no debían utilizar ropas lujosas. Tomaban telas abandonadas y las teñían para hacerlas uniformes; los tintes más accesibles eran los provenientes de la naturaleza, cortezas, raíces, cúrcuma o azafrán, mismos que producían tonos naranjas, ocres y amarillos. Es por esto, que según la región de los monjes, se determina el tono de su kasaya; en Tailandia, Sri Lanka y Myanmar, el tono es naranja brillante; en India y Nepal, es azafrán amarillento, en el Tibet es rojo oscuro o granate y en el Sudeste asiático, ocre apagado.