Con-Ciencia

Louise Noelle Gras, guardiana de la arquitectura y la identidad cultural

Ricardo Javier Correa Herrejón
Gaceta Nº 253 - 16 de febrero, 2026



Recientemente, Louise Noelle Gras Gas recibió la Medalla Bellas Artes 2025 en la disciplina de Patrimonio, otorgada por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) en reconocimiento a su trayectoria, la cual se ha enfocado en valorar, comprender y proteger la arquitectura moderna mexicana, disciplina en la que se ha convertido en figura central en nuestro país y a nivel mundial; y en este Con-Ciencia, decidimos explorar ¿De dónde nace la fascinación de Gras por la preservación de la arquitectura y la identidad cultural?

Para resolver el cuestionamiento, es importante mencionar que Louise es una destacada investigadora, historiadora del arte y académica formada en la Universidad Iberoamericana con estudios de posgrado tanto en la Universidad Nacional Autónoma de México como en la Universidad Pablo de Olavide, en Sevilla, España. Fue, durante sus estudios, que el interés por lo que está más allá del concreto tocó a su puerta, junto con la invitación de Mario Pani a participar en la Revista Arquitectura/México en 1976, donde conoció a los arquitectos más importantes del momento como Luis Barragán, Juan Sordo Madaleno, Raúl Cacho, Ricardo Legorreta, Enrique del Moral, Agustín Hernández, entre muchos otros.


El haberme dedicado a estudiar la arquitectura y a los arquitectos mexicanos del siglo XX me llevó naturalmente a buscar proteger y defender ese patrimonio.


Pero, ¿Por qué es importante preservar el patrimonio arquitectónico? ¿Acaso no son solo piedras amontonadas? Es en este punto donde el trabajo de Louise Noelle Gras se torna relevante, pues nos demuestra que la arquitectura moderna no son simplemente arte o edificios antiguos, sino que es un testimonio tangible de momentos históricos, estilos, valores sociales y maneras de vivir que dan identidad a una comunidad. Sin estas obras preservadas, parte de la memoria histórica de nuestro país se perdería.

Preservar el legado arquitectónico es crucial porque nos permite mantener viva nuestra memoria colectiva. Los edificios históricos no son solo estructuras físicas,también tienen un impacto educativo y social. Estos espacios funcionan como testimonios tangibles del pasado que ayudan a comprender procesos históricos, artísticos y tecnológicos. Además, al conservarlos se fomenta el respeto por la diversidad cultural y se promueve el diálogo entre generaciones.

Un claro ejemplo de lo anterior son las construcciones de la época prehispánica y virreinal, su conservación nos permite entender la cosmovisión y procesos culturales de nuestros antepasados. Su actual reconocimiento ha permitido que se establezcan leyes de protección hacia estos recintos, sin embargo, esto ha producido que las inmobiliarias concentren sus recursos en la compra y demolición de estructuras del siglo XX, pues estas aún no tienen reconocimiento cultural ni leyes que las protejan, sumado al hecho de que muchas carecen de mantenimiento, lo que dificulta su conservación y defensa.

Y es que su cuidado no es tarea sencilla, pues requiere de estudio, gestión, políticas públicas, diálogo, educación y compromiso social, sin embargo, es una labor importante pues, entre otras cosas, asegura que las futuras generaciones tengan acceso a ejemplos vivos de creatividad, pensamiento arquitectónico y expresiones culturales que enriquecen la vida urbana y cultural.


Hay que saber que es un trabajo constante, algunas veces en solitario frente a bibliotecas, archivos y que no siempre tiene muchos aplausos, pero bueno, poco a poco se va conociendo el trabajo.


Las construcciones del siglo pasado presentan dos problemas principales que influyen para que no exista interés en preservarlas. Lo concreto es que muchos de estos edificios no se calcularon para sismos modernos. Desde el terremoto de 1985, en la Ciudad de México se generó una suerte de resentimiento hacia las edificaciones construidas antes del movimiento telúrico, esta situación generó que varios inmuebles fueran abandonados y posteriormente, derribados sin considerar su valor arquitectónico, social y cultural. En segunda instancia, están los materiales, pues el propio Pedro Ramírez Vázquez señaló que se solía construir ‘para el momento’, no para la eternidad, utilizando elementos que no duran 70 u 80 años sin mantenimiento, como los plásticos que se amarillean. Estas problemáticas se han acentuado con el boom inmobiliario que ha vivido la capital del país.

La ciudad y la vivienda se han convertido en mercancías y objetos de inversión que buscan generar grandes ganancias en el menor tiempo posible, y en ese entendido, el valor de las edificaciones de la primera mitad del siglo XX se ha puesto en tela de juicio. Es aquí donde Louise Noelle ha tenido un papel trascendental. Desde su rol como docente, investigadora académica y miembro activo de organizaciones internacionales como ICOMOS y Docomomo Internacional, ha podido realizar investigaciones y estrategias frente al patrimonio moderno, fomentando el diálogo con experiencias de otros países.

Además de amenazar el patrimonio cultural y social, el extractivismo urbano pone en peligro otros factores, como el desplazamiento de comunidades originarias y daños ambientales, que van desde la pérdida de áreas verdes y la tala indiscriminada de árboles, hasta la escasez de agua y la contaminación sonora. Al respecto de las implicaciones ambientales que conlleva derrumbar y construir nuevos edificios, Louise alienta a los nuevos arquitectos a no demoler y mejor remodelar, pues además de la pérdida patrimonial, el hacer una nueva edificación conlleva un gasto energético, y de otros recursos, colosal.

Desde su puesto como secretaria técnica del Comité de Análisis para las Intervenciones Urbanas, Arquitectónicas y de las Ingenierías en Ciudad Universitaria, consiguió en mayo del 2022 la cancelación del proyecto Be Grand Copilco, que planteaba la construcción de hasta 27 niveles, construcción que vulneraba la condición de Patrimonio Cultural de la Humanidad otorgado por la UNESCO.

Louise Noelle Gras representa la defensa del patrimonio no solo como conservación de edificios, sino como una postura ética, histórica y social que reconoce el valor del pasado para enriquecer el presente y el futuro de una sociedad. Su carrera demuestra que la protección del patrimonio es sinónimo de cuidar identidad, memoria, educación y cultura —y que ese cuidado debe ser continuo y activo-, recordándonos que el patrimonio no es estático.


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