Por: Mariana Casasola

La paradoja Bird

"El jazz —el creado por los negros, y único que merece tal nombre— ha evitado con ingenuidad maravillosa el terrible azar que, a pesar de todas las probidades interpretativas, se juega en los teclados del mundo."

Julio Cortázar, Soledad de la música

Probablemente nunca comprenderemos por completo esa paradoja que encierra la genialidad que se autodestruye. No descifraremos jamás a esos creadores virtuosos que viven para su arte, y para matarse lo más pronto posible. La misma paradoja que define a uno de los mejores saxofonistas del mundo, Charlie ‘Bird’ Parker (1920 – 1955), la contradicción que encerraba su genial creatividad, también lo llevó a aniquilarse.

Tenía tan sólo 34 años cuando murió víctima, en última instancia, de sí mismo, pero durante su breve existencia Charlie Parker vivió más vidas que cualquier otro ser humano. Cuenta Robert George Reisner, escritor, crítico de jazz y antiguo amigo del artista, que Bird era un tipo de unos apetitos físicos desmedidos. Comía como una bestia, bebía como un cosaco y tenía la libido de un conejo. Nunca dormía, aguantaba a base de pequeñas siestas. Componía, escuchaba música clásica (amaba con pasión a Stravinski), pintaba, era un padre cariñoso y hacía amigos dondequiera.

Nadie amó la vida como Bird, y nadie puso tanto empeño como él en matarse. Sin embargo, en apenas unos años alcanzó un dominio completo del saxofón alto, maestría en la improvisación y revolucionó el establecimiento musical al explorar un nuevo estilo llamado Bebop, que se convirtió en la base del jazz moderno.

Lamentablemente, cuando estaba vivo, pocos fueron los que se dieron cuenta de su inmenso talento, una paradoja más. Pero hoy no hay quien ponga en duda que Parker representó la vanguardia en la época más gloriosa del jazz. Es un misterio hasta dónde habría llegado en sus exploraciones musicales de haber vivido más tiempo.

Esta Pantalla Sonora está dedicada al paradójico Charlie Parker, pues a medida que nos acercamos al centenario de su nacimiento, su influencia aún inspira a nuevas generaciones de músicos y admiradores por igual a estudiar cuidadosamente las grabaciones y maravillarse de la técnica, el dominio y la creatividad de las que era capaz este enigmático hombre de jazz.


Alzando el vuelo

Charlie ‘Yardbird’ o ‘Bird’ nació en 1920, en el condado de Wyandotte, Kansas, (donde nacieron también Count Basie y Lester Young, dos de sus primeras influencias musicales). A los 16 años dejó la escuela, se casó por primera vez y tuvo a su primer hijo. Se ganaba la vida tocando el saxofón que le regaló su madre y que aprendió a tocar de manera autodidacta practicando hasta 15 horas diarias. Así conquistó los cabarés y clubes nocturnos de Kansas hasta que se dio cuenta que no había más para él en esa ciudad. Se trasladó a Chicago y más tarde a Nueva York, donde empezó a labrar su nombre en la escena del jazz que entonces estaba dominada por la música Big Band y Swing. Después de practicar y practicar como nadie, logró unirse en 1937 a la territory band de Jay McShann, y ser considerado una primera figura del jazz.


Un ave a la vanguardia

Para los años 40, Bird, al igual que otros jazzistas, estaba aburrido de ese balanceo rítmico, y monótono, del Swing, además de las limitaciones que suponía tocar en grupos grandes. Su respuesta fue comenzar a tocar a un ritmo furioso y llenar el breve solo de improvisación que se le concedía en las orquestas con tantas ideas armónicas y melódicas como le fuera posible, experimentos que desembocarían en un nuevo movimiento musical dentro del jazz llamado más tarde Bebop. A finales de 1944, Bird inició una fructífera colaboración con Dizzy Gillespie y en 1947, tras rehabilitarse brevemente de su drogodependencia, inicia la mejor época de su carrera, liderando un quinteto que incluía nada menos que a Miles Davis, Duke Jordan, Tommy Porter y Max Roach, con quienes estuvo de exitosa gira por Europa. Su nombre, y su prodigiosa progresión de acordes, se volvió sinónimo de jazz con Ornithology.



Bebop Bird

André Hodeir, en un capítulo de su libro, Jazz: Its Evolution and Essence, describe así el estilo de Bird: «Sin lugar a dudas, Parker parece haber sido el primero en haber logrado la proeza de trasladar al jazz una cierta discontinuidad melódica que, sin embargo, no resulta incoherente». Sobre sus determinantes aportaciones al jazz, las improvisaciones innovadoras de Charlie Parker introdujeron un nivel armónico y melódico más alto y una gran complejidad rítmica. Con su sax alto, utilizaba un sonido de timbre muy fuerte, con un vibrato característico que consistía en una onda lenta y estrecha, contrario al estilo utilizado por sus predecesores.



Caer en picada

Para finales de los 40 y hasta su muerte, Parker volvió frenéticamente a las adicciones, sufrió un derrame cerebral, se divorció nuevamente y se casó una vez más. A pesar de ser una leyenda en vida, los problemas familiares y económicos fueron sus constantes. En 1954 su hija falleció por una neumonía mal atendida, y esto lo sumió en una depresión que lo llevó a intentar suicidarse. Paradójicamente, durante esos años nadie logró quitarle el trono a Birdie, quien consiguió rehacer y mantener una banda con otros grandes del jazz (como el gran Thelonius Monk) y dejar algunas de sus grabaciones más importantes, entre ellas el disco firmado por OJC América que se tituló, nada más y nada menos: El mejor concierto de jazz jamás grabado (The Greatest Jazz Concert Ever).



Se apaga el canto

Charles Parker Jr. falleció exhausto de su propia intensa y explosiva vida, mientras veía la televisión en el departamento neoyorquino de su amiga y admiradora, la baronesa Nica de Koenigswarter. Sólo tenía 34 años. Quizá el canto de Bird se apagó en su cuerpo vencido por los excesos, pero ya había ganado la batalla del jazz, notas de una victoria que nunca han dejado de sonar desde entonces y que le convirtió en ícono de los artistas hechizados por sus creaciones al igual que por sus propios demonios. Desde aquella batalla se ha convertido en figura venerada tanto por los poetas de la generación beat, como por Julio Cortázar (El perseguidor, 1967, es uno de sus más célebres cuentos, inspirado en la desesperada figura del saxofonista), Jean-Michel Basquiat o Clint Eastwood, quien le dedicó una laureada película biográfica en la que se usó restaurada su brillante música.