Por: Arody Rangel

La muerte

Los Hombres somos raza de muy breve vigencia
de rápido estertor y ausencia larga
de creer que vivimos y estar yéndonos
hacia donde las fuerzas se detienen
y la escarcha nos borra
y el cierzo desbarata nuestras bocas.

Réquiem, in memoriam de cualquier Hombre muerto, Ernesto de la Peña

Cada vez única, el fin del mundo. Punto final, el final. Acontecimiento, destino irremediable… La muerte. Todos lo sabemos, somos más o menos conscientes de que nuestra vida acabará, que nuestros días están contados, que somos mortales. Desde que el hombre es hombre, la muerte está presente en el imaginario de las tribus y de las civilizaciones, su significado y sentido tiene tantos rostros como culturas hay en el mundo. ¿Qué es la muerte? ¿Hay o no algo después de ella, más allá, en otro lado? Ante estas preguntas perennes se levantan centenares de respuestas, ya sean religiosas, filosóficas o científicas.

En términos médicos, por ejemplo, la muerte se define como “efecto terminal que resulta de la extinción del proceso homeostático en un ser vivo; sea por causas naturales o inducidas”. Para el derecho la muerte es “causa de la extinción de la personalidad jurídica, determinada por la muerte cerebral”. La ciencia biológica la define sin más como el “final de la vida”, todos los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren. "En un mundo de hechos, la muerte es un hecho más" según Octavio Paz. La objetividad de estas perspectivas es abrumadora ya que, en términos vivenciales -individuales y sociales-, la muerte implica angustia, desasosiego, pérdida, dolor y duelo.

Quizá sea porque la muerte nos confronta, nos inquieta y nos desazona, que hemos erigido religiones y cosmovisiones para darnos consuelo y reconciliarnos con el hecho de que moriremos. Para la religión, la muerte adquiere un sentido tan trascendente como el de la vida. En el esquema católico, por ejemplo, hay un ser todopoderoso, creador de todo cuanto existe y del hombre, su creatura predilecta; el sentido de la vida humana, su misión, es congraciarse con dios, actuar conforme a la ley divina; y la muerte implica la separación del alma y el cuerpo -prisión del alma, sede del pecado-, y según la creencia popular, el alma llega al paraíso si fue buena, al purgatorio si ha de expiar alguna culpa o al infierno si está condenada al castigo eterno; en cualquier caso, hay vida después de la muerte. Por supuesto, hay otras religiones y otras formas de reconciliarse con la finitud.

Para la cosmovisión mexica, el hombre es la unión temporal de cinco elementos de distinta naturaleza: el cuerpo, ligado a la tierra, receptáculo de las fuerzas y fluidos que lo animan: teyolia, fuente de vida; tonalli, destino individual; ihiyotl, emotividad y nahualli, ente zoomorfo, ligado al destino individual. Al morir, cada tonalli tenía un destino distinto según la causa de muerte, al Mictlán iban quienes morían de causa común. Para llegar hasta ahí, el tonalli tenía que desprenderse del cuerpo, los cadáveres eran devorados por Tlaltecuhtli, diosa de la tierra, quien después alumbraba al tonalli; para éste, el descenso a la tierra de los muertos era un arduo viaje de cuatro años en el que se debía sortear nueve estadios erizados de dificultades; al completar el viaje, el tonalli llegaba ante Mictlantecutli y Mictlancíhuatl, señores del mundo de los muertos, y al ser devorado por ellos encontraba el descanso definitivo en el Mictlán, el lugar de origen.

La muerte también ha sido musa de los artistas, leitmotiv del Réquiem de Mozart, del Hamlet de Shakespeare, del Muerte y vida de Klimt o del Séptimo sello de Bergman. Está en las flores y cantos de Nezahualcóyotl, en la Décima Muerte de Villaurrutia y en Pedro Páramo de Juan Rulfo; ataviada de catrina primero por Posada y después por Rivera. Para nuestra cultura, la muerte es motivo de fiesta y de burla, le rendimos homenaje con metáforas hechas de pan, de azúcar y de chocolate, de papel picado; cada 1 y 2 de noviembre ponemos la mesa para compartir el agua y el pan con nuestros muertos, así hacemos más llevadero nuestro duelo y el corazón se calma un poco con la esperanza de ser visitados por los difuntos amados. Y cómo negarlo, también ha escrito nuestra historia, tanta muerte y tanta injusticia llevamos a cuestas.

La muerte, en fin, de todas nuestras posibilidades, la más certera. Nos es esencial, es la nota distintiva de nuestra finitud. Y, sin embargo, cuando ella es, nosotros ya no: nadie puede experimentar su propia muerte, sólo nos es dado contemplarla en los otros. Paz dice que “nadie cuenta con ella” y Nicanor Parra que “la muerte es un hábito colectivo”. Para allá vamos, ¡salud!