Por: Arody Rangel

Rockdrigo González, el sacerdote rupestre del rock nacional

“Justamente en estos momentos en que la confusión reina terriblemente en la atmósfera, como extraños microbios venidos de otra galaxia, que mandan mensajes telepáticos haciendo ver realidades que no corresponden a las dimensiones adecuadas, el Profeta del nopal se presenta de una manera u otra aventando sus cotorreos desde el año 1984 y en sus híbridas visiones del rocanrol mexicano, me dijo un día de oníricos sueños y arquetípicos símbolos, que tenía que recetarles por las trompas de Eustaquio a todo el personal estos Mensajes del Profeta del nopal”.

El Profeta del nopal, Rockdrigo González

Con humor ácido los Rupestres dicen que se fue de un pasón de cemento. Estaba con la François en su departamento de la colonia Juárez y ese edificio fue uno de los tantos que se desplomaron tras el sismo que sacudió a la Ciudad de México el 19 de septiembre de 1985. Muerte y dolor, pero también solidaridad y fraternidad marcaron las jornadas que siguieron a ese día. En la capital, montones de vidas y corazones quedaron resquebrajados, y también entre los escombros se encontró el cuerpo del sacerdote rupestre del Profeta del nopal, del foráneo Rockrigo González, quien comenzaba a hacerse de fama y de un lugar en la escena del rock nacional, le sucedió a él lo que a los póstumos: tras su muerte se convierten en leyendas y entonces son escuchados.

Nació en Tamaulipas en el año 1950, tierra costera y de gran tradición musical huapanguera de la que Rockdrigo se vio indudablemente influenciado. En su juventud se empapó del blues y el rock en inglés y cuando se le preguntaba por la dificultad de componer en español bajo estructuras musicales que habían sido creadas para el idioma del imperio, él refería a la habilidad que cultivó de los huapangueros para componer e improvisar sobre la música, una habilidad compartida con los bluseros; no obstante las diferencias obvias en lo que respecta a las emociones que evoca cada género musical, en Rockdrigo llegaron a sincretizarse: por un lado, las notas pausadas de su guitarra y armónica a juego con su voz aguardentosa, pero con letras burlonas e hilarantes.



Rodrigo, antes de ser Rockdrigo, lo que quería era estudiar psicología, inspirado en lo que sabía y había leído de un tal Freud y otro tal Jung, pero al descubrir que en la universidad no se daba psicoanálisis, desistió de aquel sueño. Por entonces ya se juntaba con algunos amigos a tocar la lira y coverear canciones de The Doors y Donovan, e incluso comenzaba a escribir sus propias canciones. Dicen que fue en un viaje a la Sierra que se le apareció el Profeta del nopal y, como ha quedado asentado en registros, le encomendó ser el portavoz de sus sabidurías de rock rupestre. En casa, su padre estaba en contra de que se dedicara a la música y su madre pensaba que si eso lo hacía feliz, pues ni hablar; inspirado por aquella profética voz, Rodrigo dejó su tierra y arribó al DF, no sin antes haber ganado un concurso de canción en la Feria Regional de Tampico en 1977.





Al llegar a la capital del país, Rockdrigo se apropió rápidamente de la cultura de la urbe e hizo propios los motivos de las calles, del folclore de la sociedad asalariada y de la marginalidad; pero en su música no hay sólo elementos rupestres, por decirlo de algún modo, hay una espesura satírica y también filosófica que hace verdadera crítica social.



Comenzó sus andanzas rocanroleras con Gonzalo Rodríguez y además de ese dueto como mandado a hacer, Rockdrigo tocaba en la glorieta de Insurgentes y en uno que otro barullo. Formaba ni más ni menos que parte de la escena underground del rock nacional que por entonces tenía la fuerza de un verdadero movimiento contracultural y en 1982 ganó con Ratas el cuarto lugar de un concurso de bandas de rock. En ese trajín se encontró con los Rupestres, un colectivo de músicos y músicas que defendían la composición genuina al margen de los intereses de la industria y el mercado. Los Rupestres son “todos aquellos que no están muy guapos, ni tienen voz de tenor, ni componen como las grandes cimas de la sabiduría estética o (lo peor) no tienen un equipo electrónico sofisticado lleno de sinters y efectos muy locos que apantallen al primer despistado que se les ponga enfrente. Han tenido que encuevarse en sus propias alcantarillas de concreto y, en muchas ocasiones, quedarse como el chinito ante la cultura: nomás milando”.



Con los Rupestres organizó varias tocadas y un festival que hizo eco, el Segundo Festival de la Canción Rupestre del Museo Universitario del Chopo de la UNAM (1984) y entonces se hablaba ya de algo denominado rock rupestre, el de esos músicos “sencillos, que no la hacen mucho de tos con tanto chango y faramalla como acostumbran los no rupestres pero tienen tanto que proponer con sus guitarras de palo y sus voces acabadas de salir del ron; son poetas y locochones; rocanroleros y trovadores. Simples y elaborados; gustan de la fantasía, le mientan la madre a lo cotidiano; tocan como carpinteros venusinos y cantan como becerros en un examen final del conservatorio”. He ahí el manifiesto ‒que, por cierto, él escribió‒ y la obra inspirada en estas consignas contraculturales fue la grabación independiente del primer y único álbum de Rockdrigo González el Hurbanistorias.



Para 1985, Rockdrigo era una figura importante de la escena rockera, de él ya había dicho José Agustín que “si ya hay en el rock de México quien domine a la perfección la técnica, la cadencia y el ritmo junto con un talento para componer canciones que retraten nuestra realidad a la altura de nuestros grandes compositores como José Alfredo Jiménez o Chava Flores, no puedo más que decir que, de entrada, con Rodrigo González tenemos un rock más complejo, crítico e inteligente...”; también había acontecido el hurto de su Metro Balderas por el ahora célebre Lora ‒y dicen que andaba canturreando su mala versión de la rola sin darle crédito a González, hasta que un día el sacerdote rupestre lo confrontó‒; y hasta lo entrevistaban en la radio.



Por esos días de septiembre del 85, Rockdrigo, según cuentan, ya estaba en negociaciones para grabar un álbum de estudio, lideraba el rock rupestre y representaba una de las promesas de un rock mexicano, urbano, sí, pero cargado de conciencia social y francamente alineado a las causas contraculturales, confrontando las hegemonías y buscando espacios de afirmación desde los márgenes para los marginales. Esa mañana, dicen, el sacerdote rupestre del rock nacional se fue de este mundo terrenal de un pasón de cemento, quién sabe si esa lápida de hormigón sepultó entonces lo que pudo haber sido un rock propiamente nuestro, rupestre y autóctono de este lejano lugar retacado de nopales.