Por: Arody Rangel

Walt Whitman y el otro sueño americano

“… y haberse perdido cómo florece y huele la tierra y las flores y el aire y el mar y el verdadero sabor de las mujeres y de los hombres con los que te encuentras o has tenido que ver en tu juventud o en la edad madura, y la náusea consiguiente y el sentimiento de desesperación al final de una vida sin motivación ni inocencia, y la charla espectral de una muerte sin serenidad ni dignidad, ese es el gran fraude de la civilización moderna”.

Prólogo de Walt Whitman a la primera edición de Hojas de hierba


En 1855, un joven treintañero dispuso de todos sus recursos para publicar su primera obra literaria, un poemario que contenía la revolución del verso libre y la primera ‒y quién sabe si la única‒ gran epopeya de los Estados Unidos de América, ni más ni menos. Su nombre, Walt Whitman, y aquel mítico libro, Hojas de hierba. Whitman publicó varios artículos en periódicos, incluso fundó el suyo propio, y también escribió narrativa, pero la gran obra de su vida fueron aquellos fajos de papel de incierto valor ‒parece que el título no alude a una metafísica de la naturaleza, tanto como al argot de las imprentas: hierba, páginas que se imprimían como prueba o experimento, y hojas, los fajos de papel‒, de los que Walt no dudó jamás y los reeditó y enriqueció durante toda su vida hasta en su lecho de muerte.

Esas Hojas de hierba se debían por entero a su fe en la sociedad norteamericana y sus vástagos ‒la gente verdadera, la que se deja la piel y la vida en las fábricas, los muelles y los campos‒, tanto como a su convicción en el trabajo del poeta, específicamente en el cantor que debía alabar las grandezas de la tierra yanqui; Whitman amaba la enorme riqueza natural de su país del mismo modo que a su historia y a su gente, y sentía que era suya la voz de poeta que ensalzaría todo aquello, y que incluso propiciaría los advenimientos de la grandeza, la riqueza y el poder. Por esta razón, en vida se encargó de hacer toda la promoción que pudo a su epopeya de aquel naciente imperio, las ínfulas de un sueño que todos sabemos bien cómo ocurrió y cómo es realidad.

En su sueño, en su ideal, Walt Whitman hace encarnar la divinidad en las personas y en la naturaleza, concibe la democracia como la manifestación espiritual del hombre, de su libertad, y ofrece sus versos como canto y celebración de la vida misma. Siendo este el talante de esos poemas, lo que sea hoy el american dream pasa a segundo plano y poco importa si esa nación hace justicia a lo que su mayor poeta esperaba de ella, así como es baladí ahondar en el hecho de que fue el propio Whitman quien creó al mítico Whitman que pasó a la posteridad. Las obras tienen su forma de trascender a sus autores y en esta ocasión, con motivo del aniversario de nacimiento del gran poeta norteamericano, dedicamos este Librero al poemario con el que él mismo se hizo nacer de nuevo para la posteridad.


Canto a mí mismo

“No soy una tierra ni satélite de una tierra,
soy el colega y el compañero de la gente, todos igual de insondables e inmortales que yo mismo;
ellos no saben cuán inmortales, pero yo sí lo sé”.


EL poema, el testamento poético de este hombre a quien se acusa de soberbia por el título que acompaña a estos versos. Baste señalar que, en la primera edición de Hojas de hierba, ninguno de sus 12 poemas tenía título y éste, con el que Whitman extiende sus brazos-alma a todo el mundo, fue bautizado en 1856 como Poema de Walt Whitman, Americano y luego sólo como Walt Whitman en 1860, no fue hasta 1881 que tuvo el título con el que lo conocemos. Este Canto a mí mismo es en realidad un canto a la vida misma, a la fortuna de vivir y a la fortuna de morir, a las sonrisas y a las lágrimas, a los hombres y a las mujeres, a sus cuerpos, a los paisajes de la naturaleza y al escenario intervenido por el hombre, sea bucólico o citadino. Una poética que revela a la divinidad habitándolo todo, pues todo es sagrado, estamos ante un panteísmo que exige su culto en los cuerpos, en la materialidad; el poeta, que ha reconocido que en todo hay vida, que todo está iluminado, y que todo es parte de todo, puede sin reparos celebrarse a sí mismo como a la sagrada mundanidad del mundo, pues se trata de la misma cosa, en todo se manifiesta el insondable misterio de lo que surge, bulle y florece, la vida, la creación.


Pensar en el tiempo

“No es para dispersarte que naciste de tu padre y de tu madre: es para identificarte,
no para que fueses indeciso, sino para que fueses resuelto;
algo que se ha estado preparando largo tiempo y que no tiene forma ha llegado y se ha materializado en ti,
a partir de ahora estarás seguro suceda lo que suceda”.


Con Whitman no hay lugar para la desazón ni el lloriqueo por la fugacidad de la vida, por la muerte que a todos nos alcanzará; a la dicotomía entre vida y muerte el poeta asesta la verdad de la inmortalidad, pero no de aquella que aboga por la trascendencia del alma tras la aniquilación del cuerpo, sino la del alma encarnada sujeta a la ley del cambio y de la transformación. No hay más que reconocer que todo está bien, que las cosas son perfectamente lo que son y que ante todo uno debe afirmar su vida y afirmarse a sí mismo, que es así como todo adquiere sentido.


Para la posteridad

“Anuncio el advenimiento de personas naturales,
anuncio la justicia triunfante,
anuncio la libertad y la igualdad sin condiciones

Anuncio la llegada de un hombre o mujer, tal vez seas tú (¡Adiós!),
anuncio al gran individuo, cambiante como la Naturaleza, casto, afectuoso, compasivo,
completamente equipado”.

Walt Whitman, Adiós



La fascinación que causó en Lorca, en los Beat, en Neruda, en Borges y en los que vamos detrás suyo se debe sin duda a la desnudez con que hizo aparecer en sus versos a la naturaleza misma, el corazón del hombre y de la mujer, el goce de vivir y de habitar un cuerpo, la esperanza en que algún día tendría lugar una sociedad de amigos y libertad plena. Con Whitman nos podemos reconciliar con nuestras existencias y con el mundo, es reconfortante, hay que leerlo tirado sobre la hierba como a él le habría gustado; pero aún más, hay que ir detrás de ese sueño suyo, el otro sueño americano, el verdadero sueño del hombre: exaltar la vida y cantar a la libertad. “A quien viva dentro de un siglo, dentro de cualquier cifra de siglos, / A ti, que no has nacido aún, a ti te buscan estos cantos. / Cuando los leas, yo que era visible seré invisible, / Ahora eres tú, concreto, visible, el que los lee, el que los busca, / Imaginando lo feliz que serías si yo estuviera a tu lado y fuera tu amigo; / Sé tan feliz como si yo estuviera a tu lado. (No estés demasiado seguro de que no esté contigo).