Por: Mariana Casasola

Una vida entre flores

Girasoles, alelíes, rosas, astromelias. Los nombres de estas y de muchas otras flores cobran un significado y un valor singulares para las personas que trabajan con ellas, gente que las siembra, las cosecha, las transporta y finalmente las vende, estación tras estación, en una labor de años y generaciones. Todos los días trabajando con sus colores y aromas, con sus texturas y formas. Una vida entre flores.

Así podrían describirse los días de Maura Luna Tlacomulco, mujer de campo, que de niña llegó a la Ciudad de México siguiendo el ejemplo de otras mujeres de su pueblo para vender sus cosechas en el sitio de las flores por excelencia, el gran Mercado de Jamaica.

Ella es originaria del municipio de Domingo Arenas, Puebla, bien cerca de los volcanes, donde las flores y el maíz se dan fácil. Pero lleva casi 60 años dividiéndose entre su pueblo y el Mercado de Jamaica, donde tiene un local en el que vende tanto flores que siembra su familia en Puebla como muchas otras de las que se surte en el mismo mercado.

Conversamos con Maura para que nos contara cómo es trabajar en el principal punto de venta de flores de la capital y uno de los más emblemáticos del país. Pero lo que encontramos en sus conversaciones, más que una imagen del vaivén en Jamaica fue el relato de una vida aparentemente sencilla pero plena de tradición, conocimiento, ardua labor, fraternidad y de una alegría que ella siempre traduce, por supuesto, en flores.

Casablancas, cóncanos, gardenias, estates. Maura puede continuar nombrando muchas más. Las conoce de primera mano porque ella misma ha cultivado varias de estas flores, y lleva décadas vendiéndolas. Con su tono siempre amable, nos cuenta de su día a día en el mercado. Se levanta a las seis de la mañana todos los días lista para recibir al igual que todos los locatarios de Jamaica a las caravanas de transportes que llegan cargadas de las flores cultivadas en Atlixco, Cholula, Texcoco, Santa Ana, y otros lugares de Puebla y el Estado de México.

Después de comprar flor, se presta a acomodar los colores y los aromas en el pequeño local que atiende junto a uno de sus hijos. Así arranca la jornada en la que siempre espera recibir tantos clientes como la alegría lo permita. Porque Maura también habla de la alegría como sinónimo de trabajo y abundancia, y nos cuenta cómo esta crece o baja conforme cambian las estaciones. Durante mayo, octubre, o los meses de invierno, cuando hay varios festejos —romerías, les dice— las ventas crecen, y con ellas el ajetreo y las celebraciones en el mercado. Para enero, febrero y marzo la gente compra menos flores. Pero Maura dice que en Jamaica, como siempre, resisten.

Por eso también se le llama a este mercado “Jamaica vive”. Porque este es un lugar que ha aguantado de todo. Los ajetreos del tiempo y de la tierra, de la mala política y del olvido. Los comerciantes y los productores que conforman este antiguo sitio han tenido que luchar continuamente por su permanencia contra incendios, sismos y uno que otro gobernante. Su más reciente lucha la emprenden contra la competencia desleal que representan los supermercados que venden más barato porque importan flores por toneladas a ínfimos precios. Pero Jamaica vive en la espera de que la gente siga prefiriendo apoyar el comercio de calidad, tradición y nación.

La señora Maura ha sido testigo y partícipe de esas resistencias. Después del sismo del 85 formó parte de las marchas y plantones para exigir la remodelación y permanencia del mercado, que se planeaba eliminar para ser absorbido por la Central de Abasto. Ayudó a sus compañeros afectados por los varios incendios que han ocurrido en distintas ocasiones. Continúa trabajando en la defensa de los locatarios para mantener a raya el ambulantaje alrededor del mercado.

Y todas esas faenas Maura las emprende con sus constantes sonrisas. Dice que, aunque el trabajo es duro y la paga muchas veces es poca, apenas suficiente, ella está feliz. Las flores le han dado todo en la vida. Hoy cuenta con 71 años, y desde los 12 el Mercado de Jamaica ha sido su casa. Ahí encontró tanto su trabajo como el medio para sostener a su familia, también encontró a otras personas entrañables para ella, sus amigos. De hecho, a Jamaica ella le llama, como a las flores, “su alegría”.

“¡Marchantita, pásele a comprar sus flores!”, grita Maura desde temprano y luego durante la tarde se pone a recorrer los pasillos del mercado vendiendo algo de botana, como le llama ella a los guisos que vende en pequeños tacos. Y si le preguntas cuál es su romería favorita, dirá que Todos Santos, porque desde agosto en su pueblo la familia siembra “flor de muerto” y terciopelo. Para octubre, Jamaica ya está vestido de naranja y púrpura listo para comenzar la temporada de mayor alegría.

Nubes, crisálidas, terciopelo, dalias. Maura nombra las flores con la misma dulzura con la que habla en mexicano. Ella aún sabe náhuatl, pero así le llama ella, mexicano. Le enseñaron sus abuelos en las labores del campo, de la casa y de la cocina. Quisiera que sus hijos también lo hablaran y sus nietos lo aprendieran, pero dice que a ellos les da pena o les parece muy difícil aprender. Nosotros continuamos pidiéndole que nos vuelva a contar lo que ha dicho pero en ese lenguaje que encanta. Maura responde contenta.

A las seis o siete de la tarde, depende de la temporada, cierra su local y sube a descansar a la planta alta donde tiene una pequeña vivienda. Como algunos otros comerciantes, a ella le permiten tener arriba de su negocio un lugar donde dormir, porque regresar todos los días hasta su casa en Puebla le consumiría demasiado tiempo y dinero.

También hay días en que su hijo se queda a cargo del local y ella regresa a su pueblo en Domingo Arenas para estar en casa, a respirar, a ver la casa y los cultivos, no falta para las fiestas del pueblo o alguna celebración familiar.

Así puede pasar varios días junto a los volcanes. Pero Maura siempre está dispuesta a regresar al Mercado de Jamaica, porque también es su hogar. Regresa a sus amigos comerciantes, a ella le gusta preparar botana para compartir con ellos, conversar del día a día, participar de sus propias celebraciones, trabajar en la defensa de este centenario lugar, porque como ella nos comparte, describiendo su alegría, “el mercado es como nuestra madre. Como cariño.”