Por: Arody Rangel

Auster, la fascinación por el azar

Entre 1985 y 1987, el escritor norteamericano Paul Auster publicó las tres novelas que más tarde se antologarían bajo el título Trilogía de Nueva York y que le dieron fama y reconocimiento internacional. En su distintiva narrativa se dan cita el suspenso, un aire de trama detectivesca en la que el verdadero caso por resolver no está en encontrar al criminal o al desparecido, las pistas se disponen entre los personajes, el autor y el propio lector para dar con el azar, la marcha inexorable del devenir, del presente, del tiempo. Auster dispone un juego de espejos que desdibujan las líneas de la identidad ‒la suya, la nuestra, la de los personajes‒ abriendo paso a lo caótico, no a las grandes tragedias o los grandes dramas, sino al caos que subyace a la más cotidiana mundanidad.

En estos fascinantes relatos ‒pues encantan, embrujan, desposeen al lector‒ Auster va dejando también otras pistas, las que dan cuenta de sus propias ideas sobre la escritura, la literatura y el lenguaje; metaliteratura o metafísica, en Auster hay también mucha filosofía, una que sigue la pista al azar y hace justicia al absurdo, tanto al despropósito de la existencia como a los hechos casuales en los que queremos ver la mano del destino. Para invitar a la lectura de este imperdible autor contemporáneo y con pretexto de su aniversario (3 de febrero de 1947), dedicamos este Librero a las tres historias que situó en aquella tumultuosa ciudad estadounidense, historias errantes, hechas de puras contingencias, como lo son todas.


Ciudad de cristal

“Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por alguien que no era él. Mucho más tarde, cuando pudo pensar en las cosas que le sucedieron, llegaría a la conclusión de que nada era real excepto el azar”.



Así inicia la primera de las historias que conforman esta trilogía, un relato con aires detectivescos que narra la historia de Quinn, escritor retirado, un hombre que a sus 30 años ha perdido a su esposa y a su pequeño hijo, y que bajo el nombre de William Wilson publica de tanto en tanto relatos sobre el detective Max Work. Una noche llaman a su casa, Quinn contesta el teléfono y del otro lado una voz pregunta por Paul Auster, detective de la agencia Auster; Quinn se limita a decir que el número está equivocado, pero al cabo de un rato se lamenta de no haber seguido la corriente, pues este hombre gusta de despersonalizarse a través de Wilson y Work, a través de estos personajes creados por él mismo, Quinn, paradójicamente, vive de forma auténtica mientras que como sí mismo se conforma con sobrevivirse.

Poco después volverán a llamar buscando a Auster y Quinn no se lo pensará tanto para hacerse pasar por el detective. De esta manera, Quinn termina enredado en una historia no menos enmarañada: una amenaza de asesinato, un lingüista que sometió a su hijo a un experimento para dar con el lenguaje de Dios y un cuaderno rojo cuyas pistas trazan letras sobre la ciudad de Nueva York. Metaliteratura, filosofía y el propio Auster dentro de esta historia a la noir marcan el peculiar estilo del autor.


Fantasma

“El escenario es Nueva York, la época es el presente, y ninguno de los dos cambiará nunca. Azul va a su oficina todos los días y se sienta detrás de su mesa, esperando que ocurra algo. Durante mucho tiempo no ocurre nada, y luego un hombre que se llama Blanco entra por la puerta, y así es como empieza”.



De nuevo en la Gran Manzana y de nuevo un detective protagoniza el segundo relato de la trilogía. Su nombre es Azul y es contratado por Blanco para espiar a Negro, Blanco le alquila un piso justo enfrente del lugar donde vive Negro y ahí pasa días, mirando a ese hombre que apenas se mueve de su mesa donde lee a Thoreau y hace notas en una libreta; Azul, a su vez, toma notas sobre él y aunque el tiempo parece transcurrir sin más, esa monotonía y el aislamiento comienzan a transformarlo: a falta de acción en el caso que sigue, Azul comienza a especular sobre las identidades de Blanco y de Negro, de la historia que los une y del papel que juega en todo eso su trabajo como espía; pero también voltea hacia sí mismo, comienza a notar cosas que daba por hecho, la realidad de pronto no le parece tan evidente y las palabras, con las que antes nombraba sin más las cosas y los hechos, se le aparecen oscuras y hasta inútiles. Esta experiencia interior comienza a contrariarlo, ya que su trabajo depende de poder ver los hechos sin más y expresarlos con transparencia a través del lenguaje, en los informes que debe enviar a Blanco, por ejemplo.

Las elucubraciones se complican cada vez más en la cabeza de Azul. Un mal día, él y Negro cruzan palabras: Fantasmas ‒responde Azul a Negro para referirse a los personajes que han andado por los sitios emblemáticos y las calles de Brooklyn‒, y éste le dice: Sí, estamos rodeados de fantasmas. Un recoveco más de literatura dentro de la literatura, son fantasmagóricos los escritores cuando los evocamos -como hace Negro con Henry David Thoreau o Walt Whitman-, pero el escritor mismo también es un fantasma pues la escritura se apodera de su vida y en el momento en el que escribe está sin estar presente. Justo como le sucede a Azul, metido de lleno en un caso que no logra descifrar, pero que lo tiene inmerso en una habitación espiando a Negro y leyendo un libro cuya historia depende de que él siga en ese cuarto, confinado a esas actividades sin dedicarse a él mismo, a su vida; o justo como le sucede a usted, querido lector, pues al fijar su atención en estos renglones ha desaparecido del lugar donde se encuentra. Con Auster caemos en cuenta de que todos, de alguna u otra forma, somos fantasmas.


La habitación cerrada

“La vida nos arrastra de muchas maneras que no podemos controlar y casi nada permanece con nosotros. Muere cuando nosotros morimos, y la muerte es algo que nos sucede todos los días”.



Este último relato de Nueva York, un escritor de artículos de revista es contactado por Sophie Fanshawe, la esposa de su viejo amigo de la infancia, con quien hace años dejó de tener contacto y que hasta ese momento ocupaba sólo un lugar en sus memorias. Cuando el narrador se encuentra con Sophie, ella le cuenta que Fanshawe lleva meses desaparecido y que tras la infructífera búsqueda que hizo la policía y un detective privado, Quinn, para encontrarlo, a esas alturas lo ha dado por muerto; la razón de que Sophie se pusiera en contacto con él era que meses antes de desaparecer, Fanshawe se dispuso a publicar los textos que había escrito hasta el momento y le pidió que lo buscase si algo le ocurría, pues confiaba en que él continuaría con su propósito si creía que valía la pena llevar al público sus obras. El narrador accede a cumplir la voluntad de su desaparecido amigo, un tanto porque recuerda que tenía talento y un mucho porque queda prendado inmediatamente de Sophie.

Al verse delante del montón de papeles de su amigo, el narrador duda en comenzar a leerlos, pues renace la renuencia que en la juventud tenía hacia él por envidia de su genio, pero eso se disipa al comprender que la obra que su amigo ha dejado en sus manos debe publicarse, pues “Amar las palabras, tener interés en lo que se escribe, creer en el poder de los libros, esto supera a todo lo demás, y a su lado la vida de uno se queda muy pequeña”. Sin embargo, con el cumplimiento de esa especie de última voluntad, el fantasma de Fanshawe le sale al paso y todo termina por revelarse como parte de un gran plan, todo, excepto la publicación de esos textos.